lunes, 31 de marzo de 2014

UN LUJO CONTAR CON JOSÉ MANUEL Y TOMÄS EN EL TALLER



Un lujo para el Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid, contar este primer curso con la presencia de José Manuel de la Huerga (centro) y Tomás Sánchez Santiago (izquierda) como conferenciantes, que regalaron su obra, su sabiduría y su experiencia a los miembros del Taller.

CONFERENCIA DE CLAUSURA I TALLER ESCRITURA CREATIVA EN LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE VALLADOLID, CON TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO, TODO UN LUJO






El pasado viernes 28 contamos con la presencia de Tomás Sánchez Santiago como conferenciante, para clausurar el primer Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid. Adjunto el prólogo que sirvió de presentación a su conferencia; que contó además con el lujoso acontecimiento de la compañía de José Manuel de la Huerga, que protagonizó hace algunas jornadas con los miembros del Taller una aproximación a su vida y a su obra, y que participó activamente en el coloquio posterior a la conferencia, para disfrute de los asistentes.






Recuerdo perfectamente la cafetería, situada en una esquina de la avenida alcalde Miguel Castaño de León. Fuera, el sol se batía en retirada, hostigado por las primeras sombras del atardecer.   Consumía el calendario el verano de 1998. Había quedado con él para que me diera su opinión sobre los relatos del que poco después se convertiría en mi primer libro, que habría de titularse Me cuesta tanto decir te quiero.

Tal vez aquella tarde, cuando aún prevalecía en mí la osadía orgullosa e improcedente de un principiante ilusionado que todavía no había aprendido a admirarle como se merece; cuando su generosa personalidad aún no me había conquistado por completo…, en aquella céntrica cafetería leonesa, acompañados no sé si por unos cafés, por unos vinos o por unas cervezas, debería haberle hecho más caso, y no tomarme la literatura, o la creación literaria más concretamente, como un tren oportunista y cargado de urgencias que iba a detenerse una sola vez en la estación de mi porvenir.

En cualquier caso, se mostró comprensivo e indulgente, a pesar de las manifiestas carencias que proclamaban muchos de los relatos de aquel libro iniciático, y aceptó participar en su presentación, en el viejo edificio de la plaza de Las Palomas que había acogido durante años a la corporación de la capital legionense, vaticinándome incluso, que nunca podría saberse dónde llegarían mi vida literaria y mis libros, si es que venía algún otro detrás.

Tomás Sánchez Santiago ha sido desde entonces un referente inexcusable en mi vida y en mi obra, una luz que seguir en los momentos en que la duda lo volvía todo oscuro, un consuelo en forma de palabras afectuosas y balsámicas cuando mi afán creativo, mi moral o mi salud sufrían la anemia de la desesperación, el resquebrajamiento o la incertidumbre. Desde entonces, como digo, Tomás me ha regalado más de una vez sus sabios consejos y sus ánimos en la distancia, me ha enseñado a amar más, si cabe, la Literatura, me ha desvelado a autores y obras que se han convertido en un ejemplo para mí, y ha acudido a mi reclamo siempre que lo he solicitado, participando en jurados, empujando el proyecto Contamos la Navidad, prologando la última de sus ediciones, y recomendándome a otros escritores y pintores que han contribuido al fortalecimiento de una aventura cultural que inexplicablemente, y sin otro criterio claro que el de fomentar la lectura, no deja de crecer año tras año. Pero además de transmitirme su cariño personal, su erudición y su amor por la Literatura, este poeta zamorano afincado en León, y con frecuencia metido a narrador o columnista brillante y agudo, me ha deprimido cada vez que he leído sus poemas, o sus libros y sus artículos en prosa, porque tengo la absoluta certeza de que nunca, ni remotamente, seré capaz de acariciar su talento, ni la delicadeza aterciopelada con que sus versos o sus metáforas entretejen telas de araña, que arrulladas por su voz tranquilizadora parecen tapetes abolillados con el más sutil de los encajes.

Nunca olvidaré la tarde en que Tomás presentó el libro de otro buen poeta y amigo, como es Máximo Cayón, en una campa de un pueblo perdido de la montaña leonesa. El intrépido Gregorio Fernández Castañón iniciaba con ese volumen de poemas (y lo presentaba en su pueblo natal, Otero de Curueño), una colección que crece como un roble saludable con el nombre de Los libros de Camparredonda. Pese a ser verano, hacía mucho frío; y la gente que abarrotaba la campa se apretaba entre sí y se cubría con mantas, incapaz de huir, pegada a la hierba, hechizada por el poder fascinador que destilaba su cálido parlamento. Creo que nunca como aquella tarde me sentí literariamente más feliz, escuchando a alguien proclamar el valor de la palabra convertida en poesía. He leído muchas veces aquella presentación, reproducida en las páginas de la revista Camparredonda, pero siempre me faltaba la voz personalísima de Tomás, esa voz humilde y sencilla que hipnotiza, empapa y enamora, que pregona a un hombre minucioso que convierte lo cotidiano que le rodea en manifestación poética o novelada, y que, como un mesías de nuestras letras, es capaz de dotar de vida a personajes o espacios inanimados.

Incluso, hablando de novelas, gracias a él, y a Gregorio, por supuesto, tuve la oportunidad de continuar la colección iniciada por el poemario de Maxi con la novela Mi vida, a tu nombre, que me devolvió casi por capricho del azar la convicción de que en mi interior vive un escritor que, de vez en cuando, tiene que explotar y compartir sus sueños y sus zozobras con el mundo que le rodea. Tomás tenía que haber publicado ese año Los pormenores en Camparredonda, pero le pidió a Goyo unos meses más de plazo, y gracias a esa demora, unos folios polvorientos, que se amontonaban en la biblioteca de mi añorada casa de Portillo, fraguaron en una novela breve que era un canto al amor y a la fidelidad, y que sirvió para demostrar que lo que escribo no siempre se convierte en realidad, o al menos no lo hace hasta que encuentra los protagonistas que encajan a la perfección en su papel. En cualquier caso, Tomás tomó el relevo al año siguiente con un libro que alguien dijo que era difícil de clasificar, cuando hacerlo era facilísimo: se trataba, simplemente, de un libro majestuoso, como lo son sus poemarios La secreta labor de cinco inviernos, En familia, El que desordena, o la antología Cómo parar setenta pájaros ... Su recopilación de artículos periodísticos Salvo error u omisión, o los más recientes, que podemos leer en el suplemento cultural La sombra del ciprés de El Norte de Castilla; o su obra en prosa, con libros como Para qué sirven los charcos o la mítica Calle Feria, seguramente la novela más importante que se ha escrito en Castilla y León en los albores del siglo XXI, y que en su momento fue condecorada con el premio de novela Ciudad de Salamanca.

Y es que el sabio poeta, el humilde profesor, la gran persona, el genio que pisa despacio y crea sin hacer ruido, el mago que es capaz de convertir en héroes literarios a personajes aparentemente anodinos con los que cualquiera puede coincidir a diario por la calle, es poco proclive a las loas y a los premios. Su universo personal y creativo prefiere deambular por unos territorios que pisa y domina, aunque no siempre sean reales, o no lo parezcan cuando los adorna con su capacidad creativa o los embadurna con una pátina impregnada de imaginación desbordada que deslumbra al lector. El hombre modesto, el escritor prodigioso, podría pasarse horas disertando infatigablemente, con su verbo calmo y profundo, sobre todos los escritores que conoce, urdiendo un anecdotario inacabable y más rico que Las mil y una noches recitadas por Sherezade, sobre su relación con Claudio Rodríguez, sobre sus encuentros, estudios y colaboraciones con Antonio Gamoneda o con tantos y tantos otros.

Mientras escribía estas cuartillas de presentación, me imaginaba el rubor que teñiría sus mejillas al escuchar mis palabras, que no le hacen suficiente justicia. Aunque seguro que él protestará, y hasta las calificará de inmerecidas o innecesarias. Pero insisto en que mis palabras huyen del elogio fácil, y levantan un edificio enladrillado de sinceridad, de afecto y de agradecimiento. Un agradecimiento infinito por poder contar con su presencia, para que la elegancia incomparable de su talento creativo y de su portentosa erudición otorgue el mágico broche que merece la clausura del primer Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid. Y es que tener a Tomás Sánchez Santiago en cuerpo y espíritu es un lujo que no está al alcance de todos, y que no siempre se puede disfrutar.


Por eso, y para terminar, voy a desobedecerle una vez más, como cuando no le hice caso en aquella cafetería de León y autopubliqué mis primeros relatos. Entonces, como ahora hago, no dejé de darle las gracias por sus consejos y su apoyo, aunque me recomendara una y otra vez que no lo hiciera, porque un escritor nunca debe darle las gracias a otro; pero hoy no puedo dejar de hacerlo por regalarme el honor de presentarle, y por compartir con todos los presentes, con los alumnos del Taller y con los demás, este encuentro con su vida, con sus libros y con el oficio de escribir. Seguro que para todos los presentes, como en su momento me sucedió a mí, habrá un antes y un después de conocer al poeta y a la persona, si es que ambas cualidades en su caso son capaces de disociarse. Gracias Tomás. Gracias Maestro. Gracias por el lujo que supone para nosotros que nos regales esta tarde tu presencia y tus sabias enseñanzas; y siempre, claro está, tu obra, nunca suficientemente reconocida y proclamada. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

INOLVIDABLE ALCALÁ



Lo confesaré. A pesar de sentirme cada vez más escritor, y de saber con una certeza tan absoluta como que ahora, por fin, disfruto del auténtico amor que no podría vivir sin respirar Literatura, nunca había visitado Alcalá de Henarés. El sábado lo hice junto a mi musa, la mujer que llena mi vida y alumbra e inspira mis últimos escritos. Recorrimos el casco antiguo, los soportales de la Calle Mayor, las murallas, las iglesias y los museos, nos sentamos en la plaza y ante la fachada de la cisneriana Universidad, y visitamos la casa donde, al parecer, nació Miguel de Cervantes. No pude reprimir unas lágrimas emocionadas cuando atravesé el umbral y accedí al patio porticado que algo tenía de claustro recoleto, o al menos eso me pareció. Sólo espero que al contacto de aquellas paredes se me pegara algo del genio cervantino, que ahora que estoy enfrascado en pleno proceso creativo, falta me hace. Y más cuando empiezan a acuciar las urgencias en forma de fechas que caducan y mi editor no deja de meterme prisas para que remate el inminente libro de cuentos que amenaza con publicar.

UNA OPORTUNIDAD ÚNICA



Recuerdo perfectamente la cafetería, en la avenida alcalde Miguel Castaño de León. Lucía el sol y era por la tarde. Y el año, 1998. Había quedado con él para que me diera su opinión sobre los relatos del que poco después se convertiría en mi primer libro, Me cuesta tanto decir te quiero. Tal vez aquella tarde, acompañados no sé si por unos cafés o por unas cervezas, debería haberle hecho más caso, y no tomarme la literatura, o la creación literaria más concretamente, como un tren oportunista que se detenía una sola vez en la estación de mi porvenir. En cualquier caso, se mostró comprensivo e indulgente, a pesar de las manifiestas carencias que proclamaban muchos de los relatos de aquel libro iniciático, y aceptó participar en su presentación, en el viejo edificio de la plaza de las palomas que había acogido durante años a la corporación de la capital leonesa, vaticinándome incluso que nunca podría saberse dónde llegarían mi vida literaria y mis libros, si es que había algún otro detrás. Tomás Sánchez Santiago ha sido desde entonces un referente en mi vida y en mi obra, una luz que seguir en los momentos en que la duda lo volvía todo oscuro, un consuelo en forma de palabras balsámicas cuando mi afán creativo, mi moral o mi salud sufrían la anemia de la desesperación, la derrota o la incertidumbre. Desde entonces Tomás me ha regalado más de una vez sus sabios consejos en la distancia, me ha enseñado a amar más, si cabe, la Literatura, me ha desvelado a autores y obras que se han convertido en un referente para mí, y ha acudido a mi reclamo siempre que lo he solicitado, participando en jurados, empujando el proyecto Contamos la Navidad, prologando una de sus ediciones y recomendándome a otros escritores y pintores que han contribuido al fortalecimiento de una aventura cultural que no deja de crecer año tras año. Pero además de transmitirme su erudición y su amor por la Literatura, este poeta zamorano afincado en León, y de vez en cuando metido a prosista, me ha deprimido cada vez que he leído sus poemas, o sus obras en prosa, porque tengo la certeza de que nunca, ni remotamente, seré capaz de acariciar su genio, ni la dulzura aterciopelada con que sus palabras entretejen telas de araña, que abolilladas por su voz parecen piezas del más fino encaje. Nunca olvidaré la tarde en que presentó el libro de otro gran poeta y amigo, como es Máximo Cayón, en una campa de un pueblo perdido de la montaña leonesa. El intrépido Gregorio Fernández Castañón iniciaba con ese volumen de poemas (y lo presentaba en su pueblo natal, Otero de Curueño), una colección que crece como un roble saludable desde entonces con el nombre de Los libros de Camparredonda. Hacía mucho frío, y la gente que abarrotaba la campa se apretaba y se cubría con mantas, incapaz de huir, hechizada por el poder fascinador que destilaba su cálido parlamento. Creo que nunca como aquella tarde me sentí más feliz, escuchando a alguien proclamar el valor de la palabra hecha poesía. He leído muchas veces aquella presentación, reproducida en las páginas de la revista Camparredonda, pero me faltaba la voz de Tomás, esa voz humilde y sencilla que empapa y enamora, que pregona a un hombre minucioso que convierte lo cotidiano que le rodea en manifestación poética o novelada. Incluso, hablando de novelas, gracias a él, y a Gregorio, por supuesto, tuve la oportunidad de continuar la colección iniciada por el poemario de Maxi con la novela Mi vida, a tu nombre, que me devolvió casi por capricho del azar la convicción de que en mi interior vive un escritor que, de vez en cuando, tiene que explotar y compartir sus sueños y sus zozobras con el mundo que le rodea. Tomás tenía que haber publicado ese año Los pormenores en Camparredonda, pero le pidió a Goyo un año más de plazo, y gracias a esa demora, unos folios polvorientos, que se amontonaban en la biblioteca de mi añorada casa de Portillo, fraguaron en una novela breve que era un canto al amor y a la fidelidad, y que sirvió para demostrar que lo que escribo no siempre se convierte en realidad, o al menos no lo hace hasta que encuentra los protagonistas que encajan a la perfección en su papel. En cualquier caso Tomás tomó el relevo al año siguiente con un libro que alguien dijo que era difícil de clasificar, cuando hacerlo era facilísimo, se trataba, simplemente, de un libro magistral, como lo son sus poemarios La secreta labor de cinco inviernos, En familia, El que desordena, o la antología Cómo parar setenta pájaros ... su recopilación de artículos periodísticos Salvo error u omisión, o su obra en prosa, con libros como Para qué sirven los charcos o la mítica Calle Feria, seguramente la novela más importante que se haya escrito en Castilla y León en los albores del siglo XXI, a pesar de que en su momento fuera condecorada con el premio de novela Ciudad de Salamanca. Y es que el sabio Tomás, el humilde maestro, la gran persona, no es proclive a las loas y los premios, su universo personal y creativo prefiere deambular por unos territorios que pisa y domina, aunque no siempre sean reales, o no lo parezcan cuando los adorna con su capacidad creativa o los embadurna con una pátina impregnada de imaginación desbordada que deslumbra al lector. El hombre modesto, el poeta prodigioso, podría pasarse horas disertando con su verbo calmo y profundo sobre todos los escritores que conoce, urdiendo un anecdotario inacabable sobre su relación con Claudio Rodríguez, sobre sus encuentros, estudios y colaboraciones con Antonio Gamoneda y con tantos otros. Mientras escribía esta presentación, me imaginaba el rubor que teñiría sus mejillas, abrumadas al escuchar mis palabras, que son parcas e injustas, aunque él protestará, seguro, ante ellas. Mis palabras, que huyen del elogio fácil, para armarse de sinceridad y agradecimiento. Un agradecimiento infinito por poder contar con su presencia, para que la elegancia incomparable de su talento erudito y magistral otorgue un broche mágico a la clausura del primer Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid. Y es que contar con la presencia de Tomás Sánchez Santiago es un lujo que no está al alcance de todos, y que no siempre se puede disfrutar. Por eso, y para terminar, voy a desobedecerle una vez más, como cuando no le hice caso en aquella cafetería de León y autopubliqué mis primeros relatos. Entonces, como ahora hago, no dejé de darle las gracias por sus consejos y su apoyo, aunque me recomendara una y otra vez que no lo hiciera, que un escritor nunca debe darle las gracias a otro; pero hoy no puedo dejar de hacerlo por compartir este encuentro con su vida, con su obra y con el oficio de escribir. Gracias Tomás. Gracias Maestro. Gracias por regalarnos tu presencia, tu personalidad, tu sabiduría y tu obra. 

PRESENTACIÓN DE "LA SOLEDAD DEL ABECEDARIO"





El pasado viernes 21 de marzo tuvo lugar en Mora, Toledo, la presentación de la primera novela del poeta moracho Fernando Novalbos, titulada La soledad del abecedario. Tuve el placer de participar como padrino en su bautismo narrativo, ya que con anterioridad Novalbos ya había escrito y dirigido teatro, y había publicado tres poemarios, el último de los cuales, Luz de acorde, tuve el honor de prologar.
La soledad del abecedario narra en primera persona los devenires de un prejubilado, que se debate entre la esperanza y el aburrimiento, y que descubre casi a la vez un nuevo amor y una enfermedad contra la que deberá luchar, para que ese amor salga finalmente fortalecido. El libro está editado por Impresión Punto y SEguido dentro de su colección de narrativa Péñola.

miércoles, 19 de marzo de 2014

EL CULO DE CANTÓ, Y OTROS CULOS

Uno se levanta por la mañana. Enciende la tele aunque sólo sea para escuchar alguna voz y sentirse menos solo en esos instantes brumosos en los que todo es de alguna manera incierto. Pero una noticia llama su atención. Al parecer Toni Cantó, el actor metido a político, ha rodado una película en Cuba en la que sale con el culo al aire. Le han criticado por ello, y él ha respondido que es mejor que un político enseñe el culo a que robe. Estoy de acuerdo con usted, señor Cantó, al menos en eso, y añado yo, que prefiero que un político enseñe su particular culo, y más si lo tiene bonito, a que tantos políticos nos estén dando a nosotros por el nuestro.

martes, 25 de febrero de 2014

DE NUEVO DE VUELTA

No es que me haya muerto del todo. Ni siquiera que haya culminado mi periodo de invernación (pero tal vez debería decir hibernación) en una osera. Simplemente resulta que mi blog ha estado una temporada entre caprichoso y perezoso, y al parecer ha recuperado esta tarde, gracias a mi buen amigo Zeus Pérez, de E2E4 Media, las ganas de hablar.
En breve os pondré al corriente de muchas, muchas cosas.

martes, 30 de abril de 2013

DE LIBROS, FIRMAS Y FERIAS

Un año más llega la Feria del Libro de Valladolid... sin libreros, sin editoriales y casi sin libros, como no hayan surgido más de los que se veían en las casetas el día de la inauguración.
Según la prensa, la Feria del Libro de Valladolid tiene un presupuesto de 192.000 €, que apenas si van a revertir en el mundo de las letras locales. Supongo que porque interesa más llenar los bolsillos de los egregios escritores y de sus agentes que vienen de fuera, y además -para que se vayan contentos- conviene llenarles también el estómago en el restaurante anejo a la cúpula. Al fin y al cabo, los de Valladolid podemos comer en nuestras casas... al menos de momento.
Es triste que no seamos profetas en nuestra tierra, que no veamos nuestros libros en los expositores y que el programa oficial no se acuerde de nosotros.
Pero por si alguien quiere encontrarse conmigo en la Feria, o con algún texto que lleve mi firma, puede hacerlo de dos maneras.
La primera es acudiendo el domingo de 12,00 a 14,00 h. al stand de GaLEERía, donde Kiko de la Rosa, a título particular me ha invitado a firmar ejemplares de mis obras Vidas Insatisfechas, Entre el porvenir y la nada y La sonrisa del náufrago.
La otra os la recomiendo a todos los seguidores de este blog. José González Torices, quizás inspirado por esa iniciativa que unos cuantos locos tuvimos hace cuatro años de crear el proyecto Contamos la Navidad, ha reclutado a más de 30 escritores y otros tantos ilustradores de Castilla y León. El resultado final es un libro absolutamente maravilloso, lleno de textos memorables y de ilustraciones grandiosas. Se puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que es casi una antología (o un catálogo artístico) que servirá de referencia en colegios, institutos y universidades, y donde se dan cita los autores vivos más importantes de las letras de nuestra Comunidad. Pero además el libro, que tiene un precio simbólico de 10 €, busca un fin benéfico digno de encomio. Todo lo recaudado irá a parar a una residencia de ancianos vallisoletana, para que los residentes en ella reciban una sonrisa entre tantas añoranzas, nostalgias, achaques y ataques de artrosis como les aquejan cada día.
El libro se titula "Relatos Mayores". Insisto, es magnífico. Mañana lo presentan a las 12,30 h. en el auditorio de la Feria, además del propio Torices, el director de la Real Academia Española de la Lengua José Manuel Blecua, y los escritores Luis Mateo Diéz y José María Merino. Y en él, además de los relatos de los autores citados y de los de otros como Andrés Trapiello, Gustavo Martín Garzo, José Jiménez Lozano, Gonzalo Santonja, José Manuel de la Huerga, Rubén Abella, Juan Manuel de Prada, Jesús Ferrero... podeis encontrar el relato El paraíso del silencio, que escribí especialmente para participar en este libro; lo que no deja de suponer un honor, pues ya lo dicen los refranes esos que hablan de árboles a los que arrimarse y compañías que frecuentar.
De verdad, pataletas aparte, que se me pasarán cuando el próximo año tenga libro nuevo y vuelva a estar en los carteles, no dejeis de visitar la Feria, de codearos con los orfebres de la palabra convertida en arte que nos visiten, y sobre todo no dejeis de comprar Relatos Mayores, disfrutareis con su lectura, y contribuireis a una buena causa.

viernes, 7 de diciembre de 2012

PRESENTACIÓN DE "LA NAVIDAD SIGUE CONTANDO"

Un año más, como el turrón, llega a casa por Navidad el libro de cuentos que todos estabais esperando.

El próximo viernes 14 de diciembre, a las 20,00 h., tendrá lugar en la casa de Zorrilla la puesta de largo de la cuarta entrega del proyecto cultural "Contamos la Navidad", y que este año, siguiendo la línea y la imagen de la segunda temporada, llevará por título "La Navidad sigue contando".

En el acto bautismal participarán:

ÁNGELA HERNÁNDEZ
(escritora)
MAR SANCHO
(escritora)
FERNANDO CONDE
(escritor y prologuista del libro)
FÉLIX RODRÍGUEZ
(director creativo de Estudio Pobrelavaca, diseñador de la cubierta y coordinador de ilustradores)
JOSÉ IGNACIO GARCÍA
(escritor y coordinador general)

En el acto podrán intervenir, además, otros autores e ilustradores que lo deseen, y en el transcurso de la velada se rendirá un homenaje a TIMOTEO HERRERO HERRERA, que participó en el libro "La Navidad cuenta", y a cuya memoria se ha dedicado esta cuarta entrega, como ocurrió en la primera con Antonio Pereira.

Os esperamos ese día, y aprovecho para desearos a cuantos seguís este blog, una feliz y literaria Navidad.

lunes, 26 de noviembre de 2012

ABC

La vida en una maleta

La autora vallisoletana Mar Sancho reúne algunos de sus cuentos, reconocidos con prestigiosos galardones, nacidos de sus idas y venidas por medio mundo

Día 25/11/2012


 Llega a las librerías una nueva entrega en prosa de Mar Sancho, respaldada por dos avales de incuestionable valor: el tantas veces atestiguado talento de la escritora vallisoletana, y el hecho de que los dieciocho deliciosos relatos hospedados en este libro recopilatorio han sido merecedores de los premios de narrativa más prestigiosos que se convocan en España. Sendas credenciales deberían bastar como argumentos de peso para recomendar la lectura inexcusable de Leningrado tiene setecientos puentes.
Pero una vez que el lector se abisma en el devenir de esas historias galardonadas y se pone a bucear entre la tinta de sus páginas, descubre centenares de razones que refuerzan su convicción de encontrarse ante un gran libro de cuentos; una obra agradablemente presentada que trasciende a su contenido puramente literario. Porque este hermoso y abigarrado ramillete de relatos no es sólo un muestrario de breves joyas escritas, sino una guía de viajes esplendorosa, un mapamundi de paisajes, diseccionados de forma fascinante con la escritura elegante y envolvente de una mujer valerosa y nómada, que vive apegada a sus maletas, y que retrata en sus escritos, con la hermosura de un orfebre de la palabra impresa, infinidad de lugares a los que la gran mayoría de los mortales sólo podrían acudir con la imaginación propia o con la que pone a su disposición una autora que urde en verso sus hilos de prosa, para dotar a cada uno de sus relatos de la resistente delicadeza de una fina pieza de seda.
Mientras se avanza en la nutritiva lectura de estos cuentos exuberantes, se tiene la sensación de que Mar Sancho los ha escrito sin someterse a cronologías, entre los resquicios que le dejaban sus viajes, pero escabulléndose mientras lo hacía de los agobios y de las prisas, en la sala de embarque de un aeropuerto populoso y ultramarino, en el asiento incómodo de un tren traqueteante que surca pesadamente las estepas siberianas, o sobre la cubierta de un buque mercante que la conduce de la tierra segura a un nuevo territorio ignoto, al que dota enseguida de una magia singular y atractiva. Pero, por encima de todo, se palpa en ellos esa sensación acaso borgiana de que la vida siempre discurre en otro lugar diferente al que habitamos. Por eso, no resulta extraño que rubrique en Miami un recuerdo del valle Esgueva, o que comunique telefónicamente a un pastor de Pozaldez con una desconocida rusa.
Así el libro se convierte en un itinerario abierto, en el que cada relato se desarrolla en un escenario y un ambiente totalmente diferente al resto. Recorre los confines del mundo Mar Sancho con el visor de su pluma, desde Argentina a la India, desde Rioseco a Montevideo, desde Alaska a Leningrado, o desde las plazas anegadas y enmohecidas de Venecia a los islotes más lejanos de la remota Oceanía; para acercarnos todos esos lugares con el singular magisterio de su verbo en ocasiones casi cinematográfico, y siempre atiborrado de detalles minuciosos que dotan a los textos de una riqueza que engancha desde sus primeras líneas, hasta que los remata con su dulzura característica, no exenta a veces de ironía, de dolor o de dramatismo, pero esmaltada en todo momento con una pátina de normalidad que convierte en cercanos a personajes como un maharajá indio, una prostituta palestina o un vendedor de huesos de Friday Harbor.

Autora solvente y fiable

Pero no debe afrontarse la lectura del libro únicamente como si fuera un profuso catálogo de agencia para viajeros que preparan unas vacaciones pintorescas. Leningrado tiene setecientos puentes es una obra literaria de gran envergadura, rubricada por una de las autoras más solventes y fiables de su generación, una escritora que se maneja en cualquier género con la desenvoltura de un delfín en la inmensidad del océano. Y eso lo pone de manifiesto a lo largo de estás historias trufadas de anécdotas escuchadas, de evocaciones y de recuerdos añorados, de vivencias y de contemplaciones testimoniales de unos protagonistas tremendamente humanos, que vienen y van, ajenos a la época y los lugares en los que su creadora los ha asentado, dotándolos de una vida tan personal y propia que todos resultan solventes y creíbles, y están perfectamente definidos y retratados, gracias a un lenguaje mimetizado a cada situación y a cada momento con la precisión de un reloj suizo.
En todos los casos maneja Mar Sancho el tiempo narrativo con delicada suavidad, logrando que el lector quede como hipnotizado por la fuerza de la historia, por la personalidad de sus protagonistas, por la fastuosidad que impregna al escenario, más allá de que se trate de un concurrido mercado de Bombay o de un soportal de la vallisoletana Fuente Dorada. Y así se lamenta que llegue sin avisar un desenlace que, en la mayoría de los casos, saca a relucir su vena poética, puesta también de manifiesto en numerosas frases que llenan de un almíbar agradable cualquier paladar.
Como lamenta un servidor no disponer de más espacio para seguir refiriendo y defendiendo los más de setecientos motivos que hacen absolutamente recomendable la lectura de esta obra, Leningrado tiene más de setecientos puentes, que no hace sino atestiguar que su autora está llamada a ocupar en breve un lugar destacado en el podium que acaparan los grandes de nuestras letras.