sábado, 10 de septiembre de 2011

PRESENTACIÓN DE "LA SONRISA DEL NÁUFRAGO" EN POZAL DE GALLINAS


Hace unos días os mostraba algunas escenas de la presentación de mi nuevo libro en Portillo. Acabo de recibir esta fotografía, que deja constancia del acto inaugural en Pozal de Gallinas, donde me acompañaron en el escenario, de derecha a izquierda, Máximo Cayón, Mª Ángeles Pérez Guinovart, Emilio Téllez y Pedro Martín. Los nombres de las mujeres que aparecen de espaldas los omitiré, al menos por ahora.

lunes, 22 de agosto de 2011

PRESENTACIÓN LA SONRISA DEL NÁUFRAGO



El pasado fin de semana tuvieron lugar las dos primeras presentaciones de "La sonrisa del náufrado" en Pozal de Gallinas y Portillo. Desde aquí quiero daros las gracias a todos los que me hicisteis reír, a los que me emocionasteis, a los que me hicisteis llorar, a los que comprasteis el libro, a los que no, y a los casi doscientos que me obligasteis a pedir hora a Rober, mi fisioterapeuta, para que mañana trate de aliviarme la muñeca y el codo, de tantas dedicatorias como tuve que rubricar.
Uno siempre aspira a lo mejor. Pero cuando lo mejor ve superadas sus expectativas... faltan palabras para explicar lo que siente.
Los que convertisteis en realidad el mejor de mis sueños en Gallinas y en Portillo sabéis lo mucho que os quiero.
Y los que estais empezando a dar vida y aliento a este libro con su lectura y su recomendación sois el carburante que me ayuda a seguir caminando, sintiendo, escribiendo...


¡¡¡GRACIAS A TODOS!!!

martes, 9 de agosto de 2011

Los dueños del futuro



Hola amigos. Aquí me tenéis con Bruno y Alejo, a los que he dedicado el relato "Madera de Wisconsin", en mi nuevo libro "La sonrisa del náufrago". Ellos son los dueños del futuro, y unos enanos que te comerías a besos, de lo simpáticos que son.


El libro ya está a la venta. Y las primeras presentaciones a punto. Tendrán lugar los próximos días 19 y 20 de agosto en Pozal de Gallinas y Arrabal de Portillo. En breve os mostraré la invitación para ambos actos, por si podéis acudir e invitar a otras personas a que lo hagan.


jueves, 21 de julio de 2011



Ya está a la venta "La sonrisa del náufrago"

Ya está aquí el nuevo libro que tantos estabais esperando. Desde mañana puede adquirirse en librerías La sonrisa del náufrago, una nada supersticiosa colección de trece relatos, editada por Castilla Ediciones, y prologada por el Premio Cervantes don José Jiménez Lozano.

La soledad, el amor y la esperanza deambulan por la mayoría de estos relatos, que -por otra parte- enfocan sus planteamientos desde perspectivas de lo más variopintas, con personajes tremendamente humanos, e historias tan cercanas que incluso podríamos darnos por aludidos en muchas de ellas, donde la fidelidad, la vida en pareja, la amistad inquebrantable, y otros valores fundamentales hacen ondear sus estandartes con orgullo, sin temblar ante los ataques de una sociedad cada vez más falta de valores.

Vuelvo a utilizar en estos cuentos el estilo que me hizo acreedor hace un par de años al Premio Miguel Delibes de Narrativa: los planteamientos originales, los argumentos ágiles y los desenlaces entre abruptos e inesperados.

Espero que disfrutéis con su lectura, y, si es así, que se lo recomendéis a las personas que conozcáis que les guste leer. Bien sabéis que un libro carece de sentido sin la complicidad imprescindible de sus lectores, que son los que, de alguna manera, le ponen la guinda definitiva, imaginándose cada situación como más les complazca.

miércoles, 1 de junio de 2011

NOTICIARIO BREVE DE MIS ÚLTIMAS ANDANZAS

Acabo de abrir el baúl de los recuerdos, y encuentro en él algunos artículos y cuentos que tienen que ver con mis últimas aventuras literarias.

Los retazos que a continuación os muestro no guardan una cronología correcta, que -por otra parte- no tendría sentido, después de tanto tiempo sin escribir nada, sino que más bien pretenden que sepais algo de mi vida y de mi obra en los últimos tiempos...


Así, no hace mucho, escribí esta reseña para la revista que la Peña Cultural "La Aldaba", de La Pedraja de Portillo, edita cada año, con motivo de la celebración de su semana cultural...


Delibes, un genio eterno

Cuando oí hablar por primera vez de Miguel Delibes, rondaría yo esa edad crítica presidida por un espíritu de rebeldía ingobernable, y en la que los descubrimientos físicos y sentimentales se desbordaban constantemente, plenos de pirotécnico apogeo.
Acababa de iniciar mi andadura por las aulas y pasillos de un instituto vallisoletano cuando un profesor, que compartía la docencia con la estola y los viáticos en una parroquia vecina, nos encargó a sus alumnos de primero de bachillerato la lectura de dos libritos, titulados “Las ratas” y “El camino”.
Debo confesar, antes de seguir sembrando de palabras los surcos del folio, que desde niño fui propenso a la lectura de libros consistentes y voluminosos. Antes de tomar la primera comunión ya conocía las biografías de personajes como Alejandro Magno, Rasputín, Napoleón o Lawrence de Arabia, y poco después me abismé en la lectura de las obras casi completas de Julio Verne o de Emilio Salgari.
Por eso, acostumbrado como estaba a los tochos exuberantes de páginas y menudos de letra, cuando aquellos dos libritos diminutos (pero sólo en extensión) cayeron entre mis manos, pensé que no habrían de durarme un santiamén.
Codearme con El Nini o con Daniel El mochuelo fue como regresar de agotadores viajes por los lejanos archipiélagos malayos, los paradisíacos mares del Caribe, las inabarcables praderas americanas, los insondables fondos de la geografía abisal o los desiertos lunares, para descubrir que —sin ir más lejos— el pueblo castellano, viejo y recio y arquetípico, donde pasaba las vacaciones también tenía miles de hermosas historias dignas de ser contadas, y centenares de personajes que desde su pobreza, su decencia o su laboriosidad, merecían un respeto que acababa convirtiéndolos en héroes literarios.
Tal vez hoy a muchos jóvenes Delibes, o sus argumentos, les parezcan anacrónicos o desfasados, acostumbrados como están a los ordenadores, la telebasura, las consolas y las maquinitas de videojuegos; pero si, como hice yo hace un aluvión de años, deciden emprender esas breves y digeribles lecturas —o la de “Los santos inocentes”, con el Paco, la Régula y ese Azarías que clavó a la perfección en el celuloide el inolvidable Paco Rabal, que se comía los mocos y adoraba a su milana bonita—, descubrirán que la prosa del genial escritor es atractiva, entretenida y contemporánea, y latente como un corazón vivo; además de suponer un homenaje a sus abuelos, una batalla en defensa de ese pasado que cimenta nuestro porvenir, y un clamor ecologista a favor de esos campos y ríos en peligro de devastación. Pero sobre todo descubrirán que don Miguel era un maestro en el uso del lenguaje y en su combinación. Delibes utilizaba las palabras más sencillas con el lustre que desprende una joya rutilante, y las ajustaba en cada frase con una precisión casi quirúrgica, como si fueran las piezas idóneas y exclusivas de un puzzle que sólo pudieran ser incrustadas donde él las colocaba.
Se nos fue el hombre a pasear y cazar torcaces por los pinares de la eternidad, pero el escritor pervivirá con el corrosivo discurrir de los tiempos como sólo se perpetúan los artistas universales, cediéndonos su majestuosa obra en heredad.
Seguramente, si aquel sacerdote que me recomendó (y en aquellas calendas recomendación era sinónimo de obligación) la lectura de aquellos libros, supiera que hoy soy yo el que le toma libremente el relevo recomendatorio, sonreiría, y pensaría —tan evangélico como era— que sus convenientes recomendaciones (otras no lo fueron tanto) no cayeron entre piedras yermas. O, al menos, no en los casos que sirvieron para que algunos adolescentes descubriéramos que, además de las diversiones propias de la edad, existía una literatura rubricada por un señor de Valladolid que sólo por su proximidad, su ternura y su aparente sencillez nos parecía simplemente genial.

También tuve ocasión hace unos meses de verter la siguiente opinión sobre una novela genial desde los micrófonos de PUNTO RADIO...


CALLE FERIA, de Tomás Sánchez Santiago

La calidad en la literatura no es cosa de la inmediatez, ni de la modernidad ni de las últimas tendencias que marcan estilo y saturan de forma efímera los escaparates de las librerías. Hace algún tiempo, nuestro eximio Premio Cervantes, José Jiménez Lozano, me desvelaba que los libros son, de alguna manera, comparables a los árboles, que su sombra crece sin prisas, y que el grosor de su tronco y la frondosidad de sus ramas se enraízan o se agostan con el juicio incontestable de los lectores y del tiempo.
La novela que hoy traigo a estos micrófonos no es un pimpollo que pueda arruinarse y pasar al olvido con las primeras heladas invernales, sino que se trata de la obra que más me ha impresionado en los últimos tiempos, en los que llegar al último párrafo de la mayoría de los libros cuya lectura emprendo se me antoja poco menos que un milagro inexplicable. Una de esas obras que uno no puede dejar de leer hasta que le vence el sueño, y que se incorporan al paisaje de un dormitorio como si de una lámpara o de una mesita de noche se tratara.
Calle Feria, de Tomás Sánchez Santiago no es una novela al uso. En ella, como si fuera una trastienda sin fondo, caben relatos, críticas de cine, artículos periodísticos, recuerdos… Podría pensarse incluso que la obra del poeta y profesor zamorano no es una novela, sino un libro cervantino de extraordinarios relatos breves.
Ambientada en la precaria Zamora de posguerra, Calle Feria me recuerda a las historias que Sherezade narraba en Las mil y una noches. Sus protagonistas, casi todos comerciantes de esa calle mercantil, se reunían cada noche, al sereno, o al serano, que dicen ellos, para ponerse al día de las actividades laborales, de la sana competencia de artículos y precios, del discurrir sencillo de la vida, como si de un diario hablado se tratara… pero también les quedaba humor y talento para fabular anécdotas y aventuras cuajadas de una creatividad desbordante, que hábilmente el autor dilata, creando esa intriga en el lector, esa necesidad de seguir leyendo, ese cordón de impaciencia que ni las tijeras de filo más aguzado pueden cercenar.
Calle Feria es, sin lugar a dudas, una de las obras maestras escritas en lengua castellana en los últimos tiempos, una novela con un lenguaje rico y preciso, con un estilo literario majestuoso, con una riqueza argumental rutilante. Una novela que engancha y emociona. Una novela cuya lectura resulta imprescindible para los amantes de la literatura de calidad, que se preocupan más de la sutileza de una metáfora que del impacto medioambiental de un bestseller capaz de convertir en papel insulso un bosque.
Calle Feria podría atribuirse al discípulo más aventajado de Borges, o de los fabulistas orientales, pero nos queda el orgullo de poder presumir de que ha sido escrita y rubricada por un señor de Zamora, alquimista de palabras y sentimientos, que escribe como los ángeles, si es que los ángeles son capaces de escribir.
¡Ah!, se me olvidaba, publicada por Algaida en 2007, Calle Feria fue santificada con XI Premio de Novela “Ciudad de Salamanca”… pero eso, es lo de menos.


Durante las Navidades pasadas un buen número de autores e ilustradores afrontamos el reto de intentar que segundas partes no fueran malas, y así prolongamos el proyecto cultural "CONTAMOS LA NAVIDAD" con la edición de "La Navidad cuenta", que también fue editada por IMPRESIÓN PUNTO Y SEGUIDO, con una tirada superior a los 10.000 ejemplares, repartidos por buena parte de la geografía nacional. Diego Chamorro se encargó de la maquetación, Alberto R. Torices perpetró el prólogo, Félix Rodríguez se ocupó de la cubierta, el encarte y la ilustración del cuento de Carlos Aganzo, y así respectivamente Vicente Álvarez y Ricardo Palomino, Pablo Andrés Escapa y Mar Herrero, Luis Artigue y David Granados Niubó, Fernando Conde y Óscar Santos, Gregorio Fernández Castañón y Miguel Lage, José manuel de la Huerga y Xiana Alonso, Braulio Llamero y Conrad Roset, Macarena Márquez y "La Chica de la Segunda Fila", José María Merino y Andrés Coello, Mª Ángeles Pérez Guinovart y Charo S. Garnacho, Asís Pino -que conmemoró así el centenario del nacimiento de su abuelo, el gran poeta francisco Pino- y Ana Bustelo, Felicitas Rebaque y Silvia Álvarez López-Dóriga, Santiago Redondo Vega y Julia D. Velázquez, Boris Rozas y Claudia Carrillo, Pilar Salamanca y Albar Cepeda, Mar Sancho y Verónica Navarro, los poetas Timoteo Herrero Herrera y José luis Martín Cea, y mi inseparable Carlos Velasco García y yo, nos convertimos en parejas de baile que plasmamos sobre la pista del folio nuestras palabras e ilustraciones tan magníficas como gratuitas para que la cultura siga estando al alcance de todos.

Añado a continuación el microrrelato "El emigrante", que Félix Rodríguez incorporó al encarte marcapáginas, y el relato "El rapsoda del Guoguelén", al que Carlos Velasco tendió las manos de una amistad que jamás podrán alterar la adversidad, la distancia ni la artrosis.


El emigrante

El emigrante tuvo que dar tres vueltas a la manzana para terminar de cerciorarse de que lo que buscaba ya no estaba allí. Había tardado demasiado tiempo en volver a casa por Navidad.

El rapsoda del Goguelén

Su cruce de piernas habría resultado remotamente insinuante si aquella pobre lunática hubiera tenido treinta años menos, y a mí no me hubiese sorprendido aquella noche deambulando por los laberintos de la melancolía con unos cuantos tragos de más.
Tal vez fuera ése, no obstante, el motivo que me impulsó a acercarme a ella. Ése, o el gesto convincente de sus dedos, que me invitaban a adentrarme bajo la bóveda cimbrada por la humareda densa, casi aprehensible, que se había adueñado de aquel disco bar en el que había penetrado, empujado por el azar.
Cuando llegué junto a la silla que ocupaba, justo delante de una pila de abrigos que los jóvenes que iban llegando al cotillón habían amontonado, comprobé que me había quedado corto a la hora de estimar la edad que debía de delatar ese carné de identidad que seguramente guardaría en un sempiterno bolso de charol negro, conservado entre bolitas de naftalina, junto a un pañuelo de encaje y un frasquito de perfume barato. Aquella anciana, que pese a todo parecía rebelarse con dignidad contra los estragos del tiempo, había rebasado ampliamente esa edad de la incertidumbre en que la realidad pierde su rigor para mezclarse con las fantasías que uno amasa a su antojo. Esa edad que yo empezaba a rondar, y en la que casi a diario me sumergía cada vez que ahormaba a mi conveniencia la imagen difuminada de una relación que fue especial hasta que mi última pareja decidió que dejara de serlo. Porque aunque un día me dijo que su vida ya no tenía sentido conmigo, yo tuve a partir de ese momento la intuición de que la mía no volvería a tenerlo sin ella. Desde aquella lejana mañana de finales de un mes de mayo lluvioso en que recogió sus bártulos en una maleta, y se fue sin darme un beso siquiera, sin alimentar de esperanzas imposibles y de palabras balsámicas su despedida, sin mirar atrás por si su sombra dejaba rehenes por el camino, mantuve la absurda sospecha de que nunca volvería a querer a nadie como la quise a ella, de que nunca volvería a rozar otros labios, ni a fundir otro cuerpo con el calor de mis abrazos, ni a prodigar mis caricias sobre la piel sedosa de otra mujer que pudiera comparársela.
La anciana apretó débilmente mis dedos con su mano condecorada de manchas y conquistada por la artrosis. Me dijo algo, pero no logré entenderla. La música retumbaba demasiado para mi gusto, pues atrás habían quedado otras épocas en las que me lanzaba a las pasarelas de baile para danzar como una marioneta. Ni siquiera podía entender quién me había mandado meterme en aquel bar de pijos la noche en que ningún niño puede dormir, porque todos están esperando impacientes los regalos que acordonarán el árbol de Navidad cuando amanezca el día de Reyes, sin darse cuenta al levantarse de que las colillas que han dejado los Magos en el cenicero del salón son, casualmente, de la misma marca de tabaco que fuman sus padres.
La mujeruca seguía hablando, pero sus palabras se escabullían entre los estribillos de las canciones y el humo de los cigarros. Por eso opté por agacharme, aunque al ponerme en cuclillas me chascaran todas las articulaciones y corriese el riesgo de que se dislocara alguno de mis huesos.
Cuando volvió a tomar mi mano percibí el temblor de sus dedos, y bastaron sus primeras palabras audibles para que comprendiera que a aquella mujer se le había ido el juicio, facturado en un viaje sin retorno, dentro de un tren que rendía destino en la estación de la locura.
-Ya sabía yo que algún día nos volveríamos a ver, rapsoda mío.
La miré fijamente, con más detenimiento aún. Por si fuera yo el que estaba pasado de vueltas, y ella alguien a quien hubiese conocido en algún episodio anterior de mi atribulada existencia. Pero, por más que lo intenté, no conseguí asociarla con alguna de las muchas andanzas que habían protagonizado el calvario de mis días.
-Lo siento señora, no recuerdo… -intenté disculparme, presa de la confusión.
-Sigues tan despistado como siempre, recluido en tu mundo de sueños -aseguró-. He preguntado muchas veces por ti en el Goguelén, pero nadie ha sabido darme razón de tu paradero. No obstante, estaba segura de que antes o después nos volveríamos a encontrar.
-¿El Goguelén? -inquirí, sin salir de mi asombro.
-Sí, hombre. No finjas que no te acuerdas de ese restaurante maravilloso con arañas de cristal en el techo y vistas a los jardines del Campo Grande, donde tocabas el violín y recitabas poemas de Baudelaire y de Mallarmé y de Juan Ramón y de Lorca, y también de Machado y de Neruda, mientras que los clientes degustábamos las viandas más exquisitas y los vinos más aromáticos. ¿O es que no te acuerdas tampoco de los versos enfebrecidos de amor que me susurrabas al oído cuando no se percataba nadie? -hizo una ligera pausa para recobrar el aliento, y añadió con un tono de pomposa confidencialidad-: mañana mi hijo mayor ha reservado mesa allí para toda la familia, para que celebremos la festividad de la Epifanía como Dios manda.
Definitivamente, decidí que aquella mujer de lenguaje culto y modales aristocráticos estaba loca de atar. Iba a emprender la huída cuando sentí una leve presión en mi hombro. Me incorporé, y al girarme me enfrenté estupefacto con una aparición mitológica.
-No hagas caso a mi abuela, es una cargante, y siempre está repitiendo la misma copla -confesó, a modo de presentación, aquella ninfa de líneas sinuosas, cabellos castaños y ojos claros-. Seguro que también te ha tomado por el rapsoda de su dichoso Goguelén.
Asentí con la cabeza, sin soltar palabra alguna.
Pese a sus airadas protestas, la muchacha consiguió que me zafara de la anciana. Con cierta dificultad nos abrimos camino entre la maraña de parroquianos del garito, hasta que pudimos apoyar nuestros codos en una esquina de la barra, que estaba tan concurrida como una estación de metro en hora punta.
-Me llamo Diana, ¿y tú? -me dijo, abriendo el abanico de su sonrisa, aquella preciosidad que parecía un ángel sin alas.
No es que me desagradara la situación, ni la repentina compañía, que hacía reverdecer mis instintos donjuanescos; pero no me sentía en condiciones de comprender si el alcohol trasegado me estaba jugando una mala pasada o si alguien habría vertido un filtro alucinógeno en alguno de los numerosos cubalibres que me había echado al coleto desde que salí de mi apartamento. Nada de lo que me estaba ocurriendo era normal. Ni lo de aquella anciana perturbada, que podía ser mi madre, y que me confundía con un recitador de versos que trabajaba en un restaurante que sólo existía en su destartalada sesera. Ni lo de aquella muchacha, que podía ser mi hija, y que se había puesto a tutearme y a monopolizar la conversación, sin reparar en la diferencia de edad que nos distanciaba, supongo que por el mero hecho de que yo no había mandado a hacer gárgaras a su abuela. Aunque tampoco quise descartar a aquellas horas delirantes de la madrugada la teoría de que la presunta abuela fuera un gancho, y la nieta una pintora de carteras que buscara un madurito solitario, al que robarle la suya al menor descuido que tuviese, después, eso sí, de que le hubiera patrocinado unos cuantos vodkas con zumo de naranja natural y mucho hielo.
Sin embargo, todas mis aventuradas hipótesis se fueron al garete cuando sacó un billete de cincuenta pavos del bolsillo trasero de sus ajustados tejanos y se lo ofreció a la camarera para que se cobrara las consumiciones que habíamos pedido.
Le devolví la invitación, y luego fue ella la que pagó otra ronda, y antes de que las distancias se acortasen, y pasáramos al capítulo de las confidencias, pedí otro par de combinados, para igualar el tanteador.
Mientras dábamos un sorbo corto, casi desganado, al líquido que contenían nuestros vasos se acercó otra chica que parecía un calco de Diana. No se molestó ni en presentarse, pero tendría que estar mucho más borracho de lo que estaba para no comprender que aquella era su hermana. De su breve conversación, entresaqué que la avisaba de que se había hecho muy tarde para la abuela, y que iba a ocuparse de llevarla a casa.
Diana fue a despedirse de la mujer que me había convertido en un espejismo lírico, y la ayudó a colocarse un chaquetón de paño gris. Esperó a que desapareciera, colgada del brazo de su hermana entre los noctámbulos que abarrotaban el local, y regresó para arrastrarme hasta la pista de baile. Cerró la aterciopelada tenaza de sus manos sobre mi nuca, y noté el contacto seductor de sus palabras y de sus labios que rozaban mi cuello. Percibí una especie de estremecimiento, y aunque estábamos rodeados de parejas, me sentí como si no hubiera más moradores que nosotros dos sobre la faz de la tierra.
No quise romper el encanto, preguntándole qué hacían dos nietas en edad de ligar y divertirse sacando de marcha la noche de Reyes a una abuela que tenía la cabeza como una jaula de grillos. Tal vez fuera una promesa, o una costumbre ancestral, que se remontaba a tiempos pasados, y que repetían de año en año. En cualquier caso, sólo me preocupé de disfrutar aquellos momentos, y de dejarme ir entre los brazos de aquella criatura que me hacía sentir como un adolescente.
Cuando puso sus labios sobre los míos, y llenó mi boca con su lengua dulce y cálida, antes de preguntarme si quería que rematáramos la fiesta en privado, supuse que ése debía de ser el obsequio con el que los Reyes Magos deseaban que espantara esa noche los fantasmas de la nostalgia.
Salimos enseguida del establecimiento, y la abracé para que no acusara las acometidas casi glaciares de la ventisca que fustigaba las calles. Aquel abrazo sirvió para mantener intacto el hechizo, y para que durante el corto trayecto que nos separaba de mi domicilio sólo pudiera pensar en cuál sería el color de su ropa interior, y en los resortes que tendría que volver a tocar, tantos calendarios después, para hacer vibrar entre las sábanas de mi cama un cuerpo femenino, desnudo, y mucho más fogoso que el mío.
Estaba tan excitado, que me había olvidado por completo de que Diana no podía ser en ningún caso un regalo de sus majestades de Oriente; entre otras razones porque hace varios lustros que los únicos reyes en los que creo son aquellos que sirven para ganar los órdagos a grande en las partidas de mus.

Mis buenos amigos Javier Santamarina y Gregorio Fernández Castañón -al que alguien debería homenajear algún día como se merece, tanto por su obra personal, fastuosamente editada, como por el heroico esfuerzo que desarrolla al frente de la revista Camparredonda y de los libros nacidos al amparo de esa publicación- me pidieron un cuento para sus respectivas revistas de periodicidad anual. Sólo se me ocurrió en aquellos días escribir para ambos el que sigue...


El único hombre

La de las manos pequeñas, la leyenda esa que circula por ahí, la conoce todo el mundo; que si las proporciones, que si uno tiene los dedos cortos, lo otro también. Por eso Benito no fue a la guerra cuando todos los hombres del pueblo fueron llamados a filas. Bueno, por eso, y porque uno tenía que quedarse a cumplir forzosamente con lo de la esquila.
Por eso los sesudos hombres del pueblo eligieron a Benito, porque además de encalamarle la fama de esmirriado, por lo que poco peligro corrían sus mujeres y sus hijas cerca de él, pensaron además que escaso bulto iba a ofrecer a los tiradores enemigos en el frente de batalla aquel alfeñique, y sin embargo, el gañán bien podía valer para mantener la tradición secular que nunca había fallado ni un solo día, según rezaban al menos los anales guardados en el archivo municipal, de que un varón saliera a tocar la esquila en cada esquina, a la caída de la tarde, cuando el pueblo se debatía entre dos luces.
Lo de que Benito la tenía pequeña no era sólo cosa de las comparaciones con sus manos diminutas, casi de zagal en edad de recibir la catequesis, sino de la Pruden, la puñetera nieta de la señora Engracia, que un día salió del pajar de Eufrasio dando gritos y convulsionándose de la risa, hasta tal punto que los primeros que se toparon con ella contaron luego que la habían creído poseída por el tío Camuñas, ese que se llevaba al infierno a los críos desobedientes metidos en un saco.
Pero lo de la Pruden no era cosa del demonio ni estaba para que practicaran un sortilegio con su cuerpo y con su ánimo, ni nada por el estilo. La Pruden, la condenada hija de mala madre, se desternillaba de risa porque, cansada de habladurías, había decidido comprobar si lo de Benito era cierto, y así debía de ser, porque no paraba de reír y de decir, mientras hacía un gesto bastante entendible con dos de sus dedos, que la cosita del Benito era como un pajarito asustado que no se atrevía a salir de su nido.
A raíz de aquel desafortunado encuentro con la Pruden en el pajar de Eufrasio, de donde no se atrevió a salir el pobre Benito en una buena temporada fue de su casa, abochornado por las burlas groseras y los comentarios de mofa que originaba a su paso. Pero luego pasó lo de la guerra y no le quedó más remedio que salir, aunque sólo fuera cada atardecer, para tocar la esquila y cumplir con la tradición.
Claro que nadie contaba con que aquello de la guerra fuera a durar tanto, y tantas mujeres fueran a quedarse tan tristes y tan solas. Y por eso llegó un momento en que muchas empezaron a añorar la compañía de un hombre en la mesa y a sentir la ausencia de su virilidad en el lecho, aunque las malas lenguas ciscaran asegurando que algunas se aliviaban en la oscuridad de su alcoba, o por parejas, cuando fingían reunirse para implorar por la salud de los maridos y los hijos combatientes, e incluso se cotilleaba por lo bajinis que había otras que iban más allá, frecuentando el aprisco de Seve, y en especial los redaños y los calores de la lana de su carnero.
Por eso se reunieron un día unas cuantas en el atrio de la iglesia y se fueron con bríos de horda enardecida a la covacha de la señora Tresca, que tenía fama de bruja, y de recomponer virgos y de estorbar preñeces que no venían a cuento, además de dominar otras muchas artes oscuras y clandestinas que no es menester referir. Y las mujeres del pueblo quisieron saber si lo de Benito tenía algún arreglo, si no había algún unto o bebedizo que le pusiera la flor de pie y se la hiciera crecer un poco al muy camama, que según la Pruden la tenía más canija que la de un perro chico.
La alcahueta al principio no dijo nada, y luego, a los pocos días, convocó de nuevo a la comisión de visitadoras para confesarles que bien se rumiaba ella desde que Benito vino al mundo que había nacido del revés, que ya lo había vaticinado ella, que lo que su madre llevaba en el vientre era una niña que, sin que nadie se lo explicara, en el momento de ver la luz en lugar de con enaguas de lazos rosas había nacido con pololos de vivos azules y un triste colgajo. Y ella aseguraba que nunca se había equivocado en eso, en lo de la condición de la criatura, que lo notaba en las hembras encintas por la forma de la tripa y la color de la piel. Por eso lo de Benito tenía mal arreglo, porque, en su opinión, debían de gustarle más los soldaditos uniformados que las doncellas con faldas.
No obstante la señora Tresca se puso a la faena de buscar allí de donde aparentemente casi nada se podía sacar, y dio con un remedio infalible que susurró al oído de cada una de las que habían solicitado su auxilio, con la condición de que ninguna lo publicara a los cuatro vientos si querían que Benito se comportara en lo sucesivo como era debido y a ellas les convenía.
En los meses siguientes Benito, que no disponía de demasiados posibles ni había tenido a diario un plato caliente que llevarse a la boca ni una tajada jugosa de gocho a la que echarle el diente, se puso recio como un berraco, comenzó a rasurarse cada mañana su rostro otrora lampiño y a frecuentar cada tarde los pucheros y los catres de aquellas que la señora Tresca había predestinado.
También en los meses siguientes los vientres de muchas mozas y de otras menos mozas empezaron a hincharse sin que nadie espetara ningún sarcasmo al respecto, ni siquiera la Pruden, que jamás volvió a reírse de Benito ni a hacer comparaciones agraces sobre las dimensiones de su miembro, aunque, que se sepa, tampoco tuvo ocasión de volver a pillar a solas al mozo en el pajar de Eufrasio para calibrar la magnitud del cambio que se había obrado en su cuerpo, ni de escuchar el remedio de la señora Tresca. Tal vez si ella le hubiese dicho la verdad, cosa bastante improbable por otra parte, se habría enterado del pícaro cambalache que habían urdido entre el petimetre y la bruja, que había convencido a las cándidas mujeres del pueblo de que el tamaño del pajarito no importaba, al tiempo que las aconsejaba que trataran de desplegar sus encantos más convincentes para retornar al presunto desviado a su condición natural de varón.
Fue por mor de ese engaño por lo que en los meses siguientes anduvo Benito tan solicitado, que ni tiempo tuvo siquiera de ocuparse de tocar la esquila cada noche en cada esquina.
Pero eso, ninguna mujer se lo reprochó en el pueblo.

Tras dos años al frente de un magnífico equipo, solté las riendas organizativas de la Feria de la Artesanía y el Ajo de Portillo, pero mi sucesor, Ángel Abad, me pidió el siguiente editorial para la revista de este año...


Romance moderno

Unas nubes se ocultan detrás de la torre que en el castillo antaño sirvió para homenajear. La luna remolona tras ellas se va a acostar. Algunas personas empiezan en la plaza a trajinar. Han madrugado más que el alba, para que el asunto eche a andar. Uno mira al cielo, receloso de que en cualquier momento agua empiece a escañar. Teme que el aguacero que amenaza ahogue las ilusiones de todo un año de zascandilear. Otro, que carga sobre las espaldas las alforjas de la edad, se acerca a él, y le pone la mano en el hombro, esa mano de la que mana un reguero de serenidad. Estate tranquilo, le dice, que si caen han de ser cuatro gotas, que por Mojados viene despejao, y no va a diluviar. El otro observa de reojo la dirección indicada, y quiere creer las palabras del veterano. Ojalá haya hablado con más sabiduría que el hombre del tiempo, cavila, queriéndose reconfortar. Empiezan a llegar furgones y camionetas y coches, y expositores que con mimo sus mercancías en los puestos se ponen a colocar; sin mirar al cielo, fieles a una fe ciega y ancestral, que se basa en que el clima siempre se mostró benévolo con el fin de semana ferial. La plaza huele a preparativos apresurados, a ajos y a capaduras de chorizo de buen curar. Y a mantecados recién cocidos, y a queso envejecido a fuerza de mucho cuajar. Y a esperanza de que azulee el firmamento con su fulgurante rutilar. Los alfareros sacan brillo a sus piezas, y las colocan con maestría y esmero en el vasar. Los ajeros presiden los puestos de la plaza, los suyos son lugares de siempre, no están sujetos a sorteos ni loterías de azar; como sus ajos, sueltos o enhorcados en ristras, destinados a enaltecer pucheros, guisos y ensaladas de egregio yantar, con esa altanería que sólo poseen los productos dignos de ser arrancados de las entrañas de la tierra maternal. Los confiteros se afanan en sus mostradores, y amparan sus mantecados nevados de gloria con rosquillas y ciegas y amarguillos y pastas y empanadas amasadas con trigo candeal. Otros vienen de fuera a completar la muestra. Unos traen vinos; otros, licores darán a probar en esos jarrillos de barro que los cacharreros han torneado con cariño, cada uno de ellos en la rueda de su alfar. Otros extienden embutidos o aceites o fruslerías hilvanadas con pieles de seda e hilos de cristal. Avanza la mañana y suenan dulzainas y tamboriles, que pregonan alborozados la fiesta que va a comenzar. Los puestos lucen de repente sus galas de festival. Los artesanos estrenan sonrisas nuevas y ofrecen bandejas de prueba y bebidas para refrescar. El pueblo abre sus brazos de par en par, como esa mujer hacendosa que nada más levantarse descerraja los cuarterones de las ventanas y pone la casa a ventilar. Acuden autoridades e invitados. Nadie del cielo se ha vuelto a acordar. Ni el que lo miraba receloso por la mañana se ha vuelto a preocupar. Que ya sólo tiene ojos para los puestos bien nutridos y para los visitantes que no paran de llegar. Que bien sabe él que la Feria es como un libro sin escribir, y que por mucho esfuerzo que se haga, al final cada cual, según le haya ido en ella, así la tendrá que contar. Mas, a juzgar por su historia, nunca ha debido de cuadrar del todo mal, que ya van doce con ésta, como los meses del calendario o los apóstoles que Jesús envió a adoctrinar. Ciudadanos del mundo, Portillo está de Feria una edición más. Venid y disfrutadla. Vividla y anunciadla, que es escaparate incomparable de esta magna villa y de las buenas gentes que en ella moran y morarán. Y dejaros en casa las penas y los paraguas, que el cielo por Mojados viene despejao, y este año sobre la Feria de la Artesanía y el Ajo sólo van a jarrear bondades y ganas de gozar.


Y poco más me queda por añadir...


Os recomiendo la lectura de "El viaje del idiota", de mi admirado Miguel Paz Cabanas, publicado por "Ediciones El Baile del Sol", y que tuve ocasión de reseñar en el suplemento cultural de ABC de Castilla y León publicado la última nochevieja; y también, "Bárbara de Braganza", biografía de la esposa del rey Fernando VI, que mi amiga Macarena Márquez, escritora y pintora e historiadora, acaba de publicar, y que la pasada semana tuve ocasión de apadrinar en la librería OLETVM de Valladolid. Estoy seguro de que Macarena aún tendrá agujetas en el brazo, de tantos ejemplares como dedicó.


Y os advierto de que está a punto de ver la luz mi próximo libro de cuentos. Pero de eso, os hablaré otro día.

HOLA OTRA VEZ

Hola amigos. No es que me haya muerto (de momento). Lo que ocurre es que ya sabéis que soy un desastre para los asuntos relacionados con la informática e Internet, y el genio que alumbró durante meses este blog desapareció, y yo me quedé sin cobertura bloguera.

Prometo que intentaré convertirme en un bloguero autodidacta, y os tendré informados de cuantas novedades literarias o culturales me afecten en lo sucesivo.

jueves, 11 de febrero de 2010



La cocina con duende de un Ángel

Siento desde que era bien pequeño una extraña fascinación por aquellos lugares que ocultan tesoros maravillosos, reservados para esas personas tan especiales que son las únicas que verdaderamente saben apreciar lo que se esconde en el interior de esos recintos que, sin protección ni vigilancia alguna, les son tan ajenos como el más recóndito de los laberintos a quienes no aciertan a intuir siquiera la magia que desprenden, la melodía atractiva y seductora que incita a pasar a su interior para impregnarse de la felicidad que son capaces de transmitir a sus visitantes.
Uno de esos escenarios míticos, que siempre ha ocupado un espacio principal en mi lunática sesera, es el Mesón de Ángel Cuadrado, aunque luciese todavía el nombre del legendario Terenciano Panero cuando yo no era más que un rapaz escurrido que se quedaba como embobado cada vez que pasaba ante su puerta, imaginándolo como una especie de cueva de Alí Babá o como un santuario de la cocina más egregia, donde los fogones oficiarían de altares y las alacenas de retablos, y donde los guisos no serían sólo una verdadera obra de arte, sino el signo evidente de una religión pantagruélica y masticable que a cada comensal que campaba por sus salones le era inherente y fundamental como el aire que respiraba.
Reconozco que siempre fui proclive a imaginarme el mundo a mi antojo y conveniencia; y cuando me detenía ante la puerta del Mesón del amigo Ángel esperaba que alguien se detuviera en el dintel y formulara una contraseña oculta para entrar, o jugaba a decorar y a ambientar sus salones, intuyendo que a esas horas del mediodía o de la noche se daría cita allí lo más granado de la sociedad vallisoletana: artistas, literatos, futbolistas, toreros, médicos, arquitectos, hombres de leyes y políticos que firmarían contratos y acuerdos, y que arreglarían el mundo, o al menos la ciudad, entre bocado y bocado.
Lejos de desgastarse con la carcoma de las tendencias que todo lo convierten en efímero, el prestigio del Mesón fue en aumento, superando barreras inesperadas y pérdidas luctuosas, y sobreponiéndose con la verdad ancestral y sin mácula que se cocía en sus perolas y sus pucheros a la competencia que iba surgiendo, enharinada con una pátina de modernidad. Y es que aunque en la actualidad proliferan los iluminados de la nueva cocina de autor, condecorados con más estrellas que un general de división, aunque abundan los programas televisivos culinarios y los canales monotemáticos, e incluso se pueden ver envueltas en mandiles a estrellas del celuloide como Olivia Molina o Catherine Zeta Jones, mientras aderezan una ensalada provenzal, filetean una berenjena con la mandolina, flambean un magré de pato o lanzan un lenguado al lecho aceitoso de una sartén, nadie le va a arrebatar sus firmes raíces ni sus emblemáticas esencias ni sus bien ganados laureles al Mesón de Ángel Cuadrado.
Con el transitar de los años, fue creciendo mi obsesiva fijación con ese santuario del mejor yantar. Por eso, la venturosa tarde que un buen amigo me invitó a cenar por primera vez en él, supe que aquel iba a ser, sin duda alguna, un acontecimiento memorable. Creo que no exagero ni miento si confieso que nunca he cenado mejor ni he disfrutado tanto en una mesa como lo hice aquella noche. No fueron necesarias cartas con más literatura de la que emplearía el eximio don Ramón María del Valle-Inclán en sus escritos, bastó la voz agradable de Julián Garrote, cantando con alegría los platos como el repiqueteo de una salmodia inagotable que me hacía relamerme de gusto por anticipado, mientras la vista se dispersaba por cada rincón del comedor, descubriendo al detalle una realidad que no se alejaba demasiado del decorado ficticio que yo había recreado tantas y tantas veces en mi magín. Mientras Juanjo escanciaba el vino en las copas, descubrí otro aspecto que me pareció casi paradójico, y es que a pesar de que el comedor era recoleto, y de que las mesas amenazaban con la cercanía de una vivienda adosada, era imposible sentirse incómodo ni atender las conversaciones vecinas, tal vez porque era tal el embrujo que desprendían los platos, que Paco y Carlos iban depositando sobre la mesa con una atención exquisita, que bastaba con observar su presentación esmerada y aspirar su aroma para que todos los sentidos quedaran magnetizados por ellos.
Desde entonces cada vez que he regresado al Mesón de Ángel me he sentido tan relajado como si estuviera en mi propia casa, embutido en un batín y calzado con unas pantuflas, y he repetido, e incluso ampliado, aquellas sugestivas sensaciones de la primera vez. Habitualmente pido lo que me recomienda Julián, me dejo guiar por él como si fuera un viajero que visita un territorio ignoto, y me imagino a mi tocayo Ignacio y a Francisco laborando en la cocina, antes de dar esa vuelta al ruedo de despedida que es como una tradición ritual y un reconocimiento que merecen sus contundentes recetas de puerta grande, esos condumios tradicionales de babero y cuchara, y esos platos artesanos o sutilmente sofisticados, elaborados con las mejores hortalizas de la huerta, con los manjares más suculentos, con los pescados y mariscos más frescos, con las legumbres incomparables que se recolectan por estas latitudes, o con la caza y los animales más selectos que rumian por nuestros pastizales. Aunque nunca he descartado que la cocina y la despensa de Ángel Cuadrado estén bendecidas con un don milagroso o gobernadas por un duende de cuento de ficción, gracias al cual brotan las lentejas pardinas de la encimera y las merluzas de pincho emergen de los fregaderos y los lechazos churros retozan en el patio y los pichones y las perdices entran volando por la chimenea y los tocinillos llegan como caídos del cielo y los fresones sin cortar de sus matas.
En febrero, en rededor de esos días fríos en que se lanzan requiebros los enamorados, vuelve Ángel Cuadrado a conquistarnos con su afamada e imprescindible semana gastronómica. A ver si en un descuido del personal puedo colarme en su cocina, al amor de sus sabrosos potajes, de sus célebres escabeches, de sus proverbiales estofados, de sus chuleteros de ternera bien asentada y de sus postres livianos y digestivos, para descubrir el duende o el secreto de este gran maestro de la cocina de toda la vida que ha llegado al corazón de tantos amigos fieles por los placenteros caminos del estómago.

José Ignacio García
(Premio Miguel Delibes de Novela 2009)
Portillo, febrero de 2010

lunes, 21 de diciembre de 2009

Presentacion en Valladolid.




'Contamos la Navidad' aglutina los cuentos de una treintena de autores e ilustradores de Castilla y León

EL LIBRO
'Contamos la Navidad'. 16 autores, entre ellos Jiménez Lozano, Ignacio Sanz, Elena Santiago o Sánchez Santiago. 17 ilustradores. 18.000 ejemplares.

Es «un libro grande en un formato pequeño». Así lo presentó ayer en la Casa Zorrilla José Ignacio García, coordinador de 'Contamos la Navidad', volumen que recopila los cuentos de quince narradores de Castilla y León junto a otros tantos ilustradores. Óscar del Amo es el responsable de una portada 'dickensiana' que da paso a las miradas navideñas de Miguel Lage, Félix Rodríguez, José Charro, Félix de Agüero o Charo Garnacho, entre otros.


«Queríamos hacer un libro-regalo para estas fechas, un recuerdo que perdurara», dice García, quien ha reunido a 33 autores de Castilla y León y uno mexicano. El libro tiene una tirada de 18.000 ejemplares y su precio es simbólico, un euro. En la contraportada hay un espacio para que la empresa que lo regale pueda imprimir o pegar ahí su tarjeta de visita.
Dedicado a Antonio Pereira, quien «nos abandonó durante la travesía», reza la primera página, el libro aglutina entre sus cuentos también uno del leonés. «Dijo que estaba muy cansado para escribir un cuento, pero nos dio permiso para elegir entre sus volúmenes uno que tratara el tema. Y así lo hicimos», explica el padre del «sueño de un hombre que duerme poco».


Noveles y consagrados
Entre la nómina de narradores figuran noveles y consagrados, entre aquellos Irene Díez Lloris, entre estos el Premio Cervantes, José Jiménez Lozano, «quien acogió la idea con el ánimo del más joven». El burgalés Óscar Esquivias, la leonesa Elena Santiago, el segoviano Ignacio Sanz, el zamorano Tomás Sánchez Santiago o los vallisoletanos Martín Garzo y Mar Sancho, son algunos otros autores que regalaron sus textos a José Ignacio García.
Además de los quince cuentos ilustrados, el volumen recoge dos sonetos y un encarte a modo de marcapáginas ilustrado por Yolanda Falagán.
Mar Sancho, José Ignacio García y Óscar del Amo, ayer en la Casa Zorrilla. :: RICARDO OTAZO

martes, 17 de noviembre de 2009

CONTAMOS LA NAVIDAD

CONTAMOS LA NAVIDAD

La ficha técnica…

Quince narradores, un poeta y diecisiete ilustradores.
Quince cuentos y dos sonetos.
Edición no venal.
Formato bolsillo (120 x 170 mm.) en rústica.
Cubierta en cartulina gráfica fresada y plastificada de 270 gr.
120 páginas ilustradas a todo color, en papel couché mate de 135 grs.
Portada y diseño de cubierta: Óscar del Amo de Andrés.
Encarte: Yolanda G. Falagán.
Maquetación: Diego Chamorro.
Asesor de edición: Alberto R. Torices.
Coordinador de ilustradores: Carlos Velasco García.
Coordinador general: José Ignacio García.
Editado por Impresión Punto y Seguido.



La confesión de un lunático…

Con cierta frecuencia los lunáticos dormimos mal. Y es en el transcurso de esas benditas y agitadas noches de insomnio cuando cavilamos sueños irrealizables y empresas imposibles. A finales del pasado año más de uno pensó en abarcar mi oronda figura con una camisa de fuerza y alojarme en un frenopático, cuando les expuse mi plan de reunir a la flor y nata de la intelectualidad regional en un libro que llegara de forma gratuita a varios miles de personas, pero tuvieron que desistir en su estéril empeño, no sé si porque no encontraron talla suficiente que circunvalara mi anatomía o porque atisbaron enseguida en el horizonte del porvenir que mis aparentemente disparatadas intenciones no lo eran tanto desde el mismo momento en que otros escritores y algunos patrocinadores empezaron a secundar y a avalar mi osado proyecto cultural.
Mis amigos Esti y Rober fueron los primeros en animarme a dúo, encargándome 550 ejemplares de humo, pues eso era lo que les estaba vendiendo en ese momento. Mis chicas de oro, Virgi y Rosa y Bea, los siguieron con otros 300, mis estanqueros favoritos, Nacho y Mª Carmen con otros 500, el delicado y taurino Adolfo, siempre caprichoso, con 500 más; y con los que yo estaba dispuesto a estampar, ya superaba a las primeras de cambio la cifra de 3.000 que la imprenta Punto y Seguido me exigía para editar un modesto libro de bolsillo cuyo precio pudiera competir a modo de reclamo navideño con el de un mechero o un bolígrafo, de esos que en muchos casos ni funcionan cuando llegan a sus destinatarios, o en el mejor de los supuestos resisten hasta que a uno se le consume la chispa y al otro se le agota la tinta. En cambio, un libro, como el diamante del anuncio, es para siempre.
Una vez conseguidos los primeros mecenas para la causa, que por entonces se pretendía literaria, empecé a enrolar la tripulación necesaria para llevar a buen puerto la nave. Y pensando en ese destino final, y en que siempre me ha amparado, como un guardaespaldas eficaz, en todas las lides narrativas en que me he visto involucrado, le puse un correo a José Luis, Puerto, claro está. Y otro a Gregorio Fernández Castañón, y otro a Alberto R. Torices, y llamé por teléfono a Tomás Sánchez Santiago… Y esa legión de genios del folio asentada en León se sumó jubilosa a la causa. Y Alberto y Tomás me susurraron al oído el nombre de Miguel Paz Cabanas, cuya humanidad y talento he podido descubrir gracias a este libro que es un poco de todos, y Tomás me brindó además el nombre del prolífico Ignacio Sanz, con el que también contaba, pero al que no sabía cómo localizar en tierras segovianas. Porque, a esas alturas pretendía convocar al menos a un autor de cada una de las provincias castellanas y leonesas. También pensaba en buscar una cierta paridad en la nómina de narradores y no descartaba reclutar alguna pluma joven, interesante y desconocida que aún no hubiera dado sus primeras galeradas a una linotipia. E Irene Díez Lloris, casi adolescente en edad, pero veterana en argumentos y recursos de incuestionable categoría, y Yeli Pérez Guinovart, que prepara unos condumios literarios consistentes y de mucha envergadura, me vinieron que ni pintadas para lograr ambos propósitos de una tacada. Puesto a elegir, decidí que tenía una buena mezcla de experiencia, calidad, prestigio y lozanía, pero también supuse que a los lectores les entusiasmarían varias plumas que gozaran de unos currículos absolutamente incontestables. Tras no pocas tentativas infructuosas pude contactar con Elena Santiago, que es una de mis debilidades personales y literarias, y con Óscar Esquivias, y con Gustavo Martín Garzo; y nombré embajadores a Gregorio y a mi tocayo Ignacio para que unieran la de Antonio Pereira a las péñolas de nuestra esforzada y loable causa; pero Pereira, fatigado de tanto tomarse la vida como si fuera un cuento, nos retó a que buscáramos la aguja en el pajar, y si la inmensa mayoría de los autores tuvieron el gesto de regalarnos textos inéditos, en su caso rescatamos de la frondosa hojarasca de sus muchos libros publicados el relato titulado El narrador inocente, que entre todos decidimos que encabezara, a modo de homenaje póstumo, este volumen recopilatorio cuando apenas un mes después tuvimos noticias de su fallecimiento. El maestro villafranquino nos había exigido, como única condición para contar con su cuento, que respetáramos escrupulosamente la extraña puntuación que él había utilizado en la edición original. Y ni siquiera esa cláusula, aunque la mantuvimos a rajatabla, nos obligó a cumplir Úrsula, su viuda, derroche de generosidad infinita, cuando Elena Santiago, y Máximo Cayón, el poeta de la nave, y Gregorio e Ignacio la pidieron que refrendara la que podía haber sido última voluntad literaria de su ingenioso esposo.
Mientras tanto, el periodista Agustín Diez Ferreras, hombre tajante en sus argumentos e intolerante con cualquier error ortográfico que no incumba al de su propio apellido, me aseguró que el elenco de escritores conseguido era maravilloso, y que sólo nos faltaba un Premio Cervantes para ponerle la guinda a un pastel de lo más apetecible. Agustín me dio las pautas para localizar telefónicamente a José Jiménez Lozano, que no eran otras que tomar la guía de páginas blancas, y buscar su apellido por orden alfabético entre los habitantes de Alcazarén. Sinceramente, lo que menos me esperaba era que el propio don José me respondiera al otro lado de la línea. Por ese motivo, yo, que soy un pistolero que habitualmente desenfunda con rapidez y facilidad las palabras, en esa ocasión me quedé mudo y no supe cómo explicarle el motivo de mi llamada. Tuvo que ser el insigne literato y pensador el que me ayudara, sugiriéndome que empezara por el principio y que mi explicación alcanzaría por sí sola la meta. Cuando por fin fui capaz de argumentarle, con un verbo nervioso y atropellado, que pretendíamos difundir entre miles de personas una obra en la que todos los autores íbamos a participar de forma altruista, desinteresada y gratuita, y cuyo fin primordial era el de promover el hábito de la lectura entre aquellos más remolones a la hora de abrir un libro, Jiménez Lozano me preguntó si la idea original era mía; turbado, y un tanto escéptico ante su posible respuesta adversa, le garanticé que así era; y entonces él, con su flema característica y su proverbial ironía inteligente, me reveló que mi idea debería haberla tenido alguna mente lúcida del Ministerio de Sanidad, para entretener a los enfermos que abarrotan las salas de espera de los ambulatorios, mientras aguardan recelosos un diagnóstico médico que a veces resulta más dramático que una sentencia judicial.
Tras la incorporación de Jiménez Lozano a nuestra tripulación, ya nada se nos puso por delante. A esas alturas triplicábamos las perspectivas iniciales en cuanto a tirada, que rondaba los diez mil ejemplares. Todos encargados por pequeñas empresas y asociaciones. Todos reservados sin ningún tipo de apoyo institucional.
Debo decir que, para entonces, Alberto R. Torices y Gregorio Fernández Castañón me habían metido los perros en danza, aconsejándome que incorporásemos un ilustrador por cada cuento. Por ese motivo, tuve que hacer poco menos que encaje de bolillos para cuadrar de nuevo las páginas, sustituyendo las portadillas y las reseñas biográficas por las mentadas ilustraciones.
Pero se me plantearon entonces varios problemas. Por un lado, las ilustraciones no lucirían como se merecía un regalo navideño de la categoría que anhelaba el nuestro si no iban acompañadas del color y de un papel adecuado; y por otro, apenas si conocía pintores o ilustradores con los que contar.
A partir de ahí fue fundamental la colaboración de casi todos.
Tomás me presentó a través del mail a Benjamín de Pedro, Yeli a Charo S. Garnacho, Miguel a Silvia Álvarez López-Dóriga, Gregorio y Maxi me pusieron sobre la pista de Félix de Agúero, mientras que yo fichaba al otro Félix en una gala de peluquería, en la que había dejado bien alto el pabellón del estudio de diseño y publicidad pobrelavaca que regenta con singular solvencia. También comprometí a mi ilustrador habitual, José Charro, e involucré a otras dos pintoras vallisoletanas, Inés Domínguez y Julia Cancelo, que además de ser la profesora de pintura de Alejandro, mi hijo mayor (que también apunta maneras de artista, aunque sea con la paleta y los pinceles en lugar de hacerlo con la pluma), también ha acompañado con su ilustración paisajística a mi cuento protagonizado por un buey milagroso. Pero si una terna ha resultado fundamental en el hermoso resultado final de esta joya de bolsillo ha sido la formada por Carlos Velasco, Alberto R. Torices y la familia Chamorro. Carlos, Pitu para los amigos, se ha encargado de coordinar a todos los ilustradores desde su guarida de Arrabal de Portillo, además de liar, a través de nuestro paisano y amigo Ricar Palomino, a Óscar del Amo, a Yolanda Falagán, a su hermano Julio y a Alberto Sobrino, representantes aventajados todos ellos del ya mítico en Valladolid Colectivo Satélite. Alberto, feraz en contactos y experiencias editoriales, fichó a Miguel Lage y a Albar Cepeda, una veinteañera leonesa “exiliada” en Barcelona que derrocha creatividad, sensibilidad y fantasía a partes iguales, y al cuate Eduardo Rubio, del que hablaré unos renglones más abajo, cuando haga justicia con el papel fundamental que han desempeñado los Chamorro en esta empresa. Y digo fundamental por dos motivos: por un lado el artístico, en el que ha sido prodigiosa la capacidad maquetadora de Diego, que le ha sacado el máximo partido posible a un libro con el precio tan ajustado; y por otro el económico, ya que conforme se iban sumando patrocinadores que sufragaban la obra, yo me encargaba de regatearle mejoras a Fernando, su padre. Así conseguimos pasar de las 80 páginas iniciales en papel de edición de 90 grs. en blanco y negro, a 112, y al final a las 120 definitivas, en papel couché mate de 135 grs. y a todo color. Y logramos también que la portada fuera plastificada, y que la imprenta “pagase” con diez ejemplares la labor de cada artista participante, y que regalara a mayores el enternecedor encarte que Yolanda ha plasmado con gusto y criterio. Pero sobre todo, y en un esfuerzo final sin aumento de costo, que coincidió con el acontecimiento gozoso que suponía el hecho de rebasar los quince mil encargos, ajustamos el paginado a 120, arañando las cuartillas que necesitaba para incorporar a mi admirada Mar Sancho como tripulante de última hora, casi cuando la nave estaba a punto de levar anclas y de soltar amarras. Mar no llegó la última porque fuera la primera reserva, la bala en la recámara, si no porque la hacía muy lejos, allende los océanos, en tierras ultramarinas. Cuando supe que estaba cerca corrí a localizarla, con la condición de que se ajustara a las limitaciones de tiempo y espacio que nos apechugaban. Y ella aceptó sin condiciones y nos escribió con su peculiar estilo, carente de treguas ni descansos, ese fantástico retrato de la señora Scrooge, que nos recuerda a Dickens y a tantas otras cosas. Pero para retrato, el del mejicano Eduardo Rubio que, certeramente recomendado por Alberto R. Torices mientras sonaban las campanas de partida, aguardaba expectante en el pantalán del muelle que se produjera una cancelación de última hora o que apareciera un último viajero esgrimiendo su billete. Mar llegó con el tiempo justo de embarcarle en una travesía en la que no podía faltar, y juntos protagonizan varias de las vibrantes páginas de un libro rico en contenidos y variadísimo en argumentos.
Porque si el núcleo central es la Navidad, cada autor y cada pintor y cada ilustrador la han plasmado a su manera, sin someterse a insinuación o cortapisa alguna. Y matizo entre pintores e ilustradores, porque tengo la sensación de que los primeros han leído el cuento que les ha tocado en suerte y han fotografiado con precisión la escena que más les ha impactado del texto, mientras que los ilustradores en general han ido aún más lejos, buscando una metáfora visual y única que recogiese la esencia principal de sus relatos.
En cuanto a los autores, se diversifican los planteamientos, los estilos y las temáticas. Es clarísima la influencia lírica en su lenguaje de aquellos que practican también la poesía. Es marcada la tendencia moralizante en los más veteranos, que probablemente gozan de más poso y de más memoria y de más recuerdos navideños para ambientar sus historias. Resultan frecuentes los argumentos que recurren a la infancia añorada, a la vida y a la muerte, a la soledad y a la evocación de los ausentes, y no falta el humor en algunos casos, así como los desenlaces truculentos, sorprendentes e inesperados. Pero si algo caracteriza al libro por encima de todo, y ahí es donde demuestran la mayoría de los autores su innegable magisterio, es ese aire de normalidad con que se narran muchas historias sencillas, casi anecdóticas, de personas corrientes, que alcanzan unos desenlaces casi obligados por el lógico discurrir de los acontecimientos más habituales.
Contamos la Navidad es un excelente aguinaldo para las personas que nos importan, un dechado de generosidad, de ilusión depositada en las utopías realizables. Los autores hemos arribado a puerto, y hemos entregado a cada posible lector un cofrecito que alberga un tesoro cultural de un valor incalculable; pero ese valor será más bien escaso si el receptor final no abre el cofre y disfruta con su contenido, y deja que de sus páginas se escapen fuegos artificiales, y estrellas navideñas, y pájaros de fastuosos plumajes y mariposas de tonalidades resplandecientes, y espumillones de terciopelo, y besos de mazapán y abrazos de seda, y villancicos cargados de alegría y plegarias henchidas de sanas esperanzas.
Contamos la Navidad resulta, en suma, un regalo inolvidable que debe ser leído pausadamente al amor de la estufa, en esas largas, frías y desapacibles noches de invierno en las que los buenos deseos se cumplen y Santa Klaus aprovecha para irse de marcha con su trineo.