miércoles, 30 de julio de 2014

RECOMENDACIONES LITERARIAS IMPRESCINDIBLES PARA ESTE VERANO

Ya sabéis que no soy muy ducho en el arte de la informática. Por eso debéis disculpar mi falta de criterio a la hora de colocar las fotos. Pero estos son los últimos libros que he reseñado en ABC, y cuya lectura os recomiendo de manera inevitable. Su lectura os ayudará a disfrutar de un verano maravilloso. Y si os sobra tiempo no os olvidéis de los cuentos de Mar Sancho que recomendé el año pasado. La buena literatura ni caduca ni se pasa de moda.


Foto: Muchas gracias a José Ignacio García García y Fernando Conde por ese "Rey Vestido" de hoy sábado en el ABC...estupenda reseña que lucha por esa poesía nuestra con pies de barro, que tanto y a tantos nos emociona cada minuto... 

José Ignacio, te admiro y respeto a partes iguales. Tu talento como prosista sólo lo supera tu bondad como persona, y justo es reconocerlo.
Un abrazo para los dos. Gracias de nuevo.

“…ninguna de sus certidumbres valía más que un cabello de mujer […]”

 Albert Camus, "El Extranjero."

jueves, 26 de junio de 2014

POR NO SABER DECIR NI YES

Llevo años (al menos desde que observo la presunta incultura general de mis hijos y de otros muchachos de su edad) quejándome de lo poco preparados que están nuestros jóvenes en materia educativa, ya que -por lo general- no son capaces de recitar sin equivocarse el nombre de un par de autores de la generación del 27, confunden (aunque puede que eso sea una suerte, al menos para ellos) a Franco con un futbolista, y no saben dónde nace el Ebro, ni si Anibal es un general cartaginés, de cuando Cartago se comía el mundo, o el protagonista sanguinario de una película, basada -por cierto- en una novela.
Puede que eso sea verdad, pero lo que también resulta evidente es que ellos han sabido adaptarse a las tecnologías y medios actuales, y manejan de maravilla los instrumentos adecuados para encontrar toda la información que necesiten enseguida. Al final pienso que como ocurrió con la irrupción de las calculadoras, que nos hicieron olvidar hasta las tablas de multiplicar, lo mismo pasa con la cultura: para qué la van a almacenar en la cabeza (salvo que quieran participar en "Saber y ganar"), si es más cómodo conservarla en una tablet, en un esmarfon o en otro engendro similar, y echar sólo mano de ella cuando les haga falta buscar alguna información.
Algo parecido ocurre con los idiomas. En mis tiempos de colegio "resultaba elegante y adecuado" estudiar francés, y perder el tiempo con el inglés era casi sinónimo de ser progre y de izquierdas. Hoy, sin embargo, nuestros hijos cantan con una pronunciación casi nativa los grandes éxitos del jigpareig internacional, como nosotros tarareábamos a pleno pulmón en nuestra mocedad las baladas de Los Pecos o los rocanroles de Tequila. Y así nos luce ahora el poco pelo que nos queda a los que no sabemos decir ni yes, cuando nos invitan a presentar un concierto en el que los títulos de casi todas las canciones se pronuncian en inglés.
A ver cómo salgo del atolladero con mi pronunciación ortopédica, aprendida a fuerza de escuchar “Los cuarenta principales” en la radio del coche. 

miércoles, 25 de junio de 2014

TODO SEA POR UN LIBRO




No os asustéis. No voy a picar piedra ni a grabar un disco con mi voz de tenor afónico. Esto sólo lo hago por todos los que me leéis. Porque, si no, dudo mucho de que pudiera seguir escribiendo el libro de nunca acabar que llevo encofrando desde que el Destino decidió darme otra oportunidad de seguir contando mi vida, las que me rodean y las que se me ocurren.
Probablemente estaba demasiado bien acostumbrado en mi casona de Portillo, con su biblioteca que me inspiraba con solo mirar las vigas de madera maciza y los muros de piedra y adobe, esos muros que me aislaban del mundo y de sus ruidos. Ahora en Medina del Campo me ocurre todo lo contrario, vivo de alquiler en un piso, al lado de un parque y cerca de las vías del tren.
En el edificio hay personas que ya vivían en él cuando llegué, y que no tienen por qué alterar sus costumbres con mi llegada. Por eso, mis vecinos, que no deben de oír muy bien, ponen la tele a todo gas desde que se levantan; el ascensor demanda unas gotas de aceite que alivie la artrosis de sus mecanismos; y algunas puertas avisan de su existencia a porrazo puro.
El parque, con la llegada del verano, ha despertado de su letargo no sólo -que sería lógico y disculpable- con las risas y los gritos de los niños, el canto de los pájaros y el ladrido de los perros, sino que además lo han sitiado grúas, hormigoneras y otras máquinas de guerra que me roban el silencio y la paz. Y, para colmo, los trenes no se conforman con pasar, sino que avisan de su entrada o su salida en la estación cercana haciendo ostentación de sus frenos y sus alarmas. Menos mal que Medina ya no es el nudo ferroviario estratégico de antaño, porque si no ni siquiera podría aprovechar el insomnio nocturno ni la tranquilidad que a esas horas invade los domicilios de mis vecinos.
Pero como hay que buscar alternativas y soluciones para todo, aquí estoy, pertrechado de tapones y de cascos, con un zumbido en los oídos que recuerda a la estática de los transistores de antaño cuando no lográbamos sintonizar el dial, para que escucharan nuestras abuelas La saga de los Porretas,  las radionovelas de Guillermo Sautier Casaseca y el consultorio sentimental de Elena Francis.
Todo sea por la Literatura y mis lectores. Ya he dicho muchas veces (creo) que una vez escuché a Manuel Vicent argumentar que para que los lectores disfrutaran de un gran libro, su autor tenía que sufrir mucho escribiéndolo.
Os aseguro que si el axioma es correcto, vais a disfrutar de lo lindo con "El cuento que quisiera escribir contigo". Lo que no sé es cuando. Porque si antes empezaba un cuento y no lo dejaba hasta terminarlo, ahora me ha dado por hacer caso a uno de los asertos del decálogo de Bolaño, y estoy escribiendo seis o siete relatos a la vez, que son tan voraces que no se cansan de crecer a mi costa (o a la de mi creatividad), y aún tengo otros cuatro o cinco por empezar, más alguno de esos inesperados que surgirán a última hora, buscando alojamiento, aunque sea en las páginas menos brillantes del libro. A este paso, la docena que ya ha pagado su pensión completa se va a encontrar con que algún okupa indocumentado trate de usurparle el puesto.
En fin, confío en que al final el libro se llene con los inquilinos adecuados, y que sus andanzas os hagan disfrutar en la misma medida en que yo estoy padeciendo para terminarlo.

jueves, 5 de junio de 2014

LAS TRAGAPERRAS DEL ALCALDE

Os voy a contar una anécdota de la que fui testigo hace tiempo, y que habla por sí sola de la peculiar personalidad del primer edil del ayuntamiento de Valladolid.

Unos amigos me habían invitado a su boda civil, y habían solicitado que los casara un concejal de la oposición, porque sus ideas no comulgaban con las de la primera autoridad de la ciudad. Sin embargo, el alcalde, haciendo gala de su famosa y altanera personalidad, no sólo no autorizó tal circunstancia, sino que mis amigos y todos los invitados tuvimos que tragarnos su ceremonia y sus palabras, sobre todo cuando saltó tan pancho que FJLdlR no era más importante que otro concejal, pero que el alcalde sí, y que mientras que él estaba en la casa consistorial era el único que se encargaba de oficiar casamientos.

He de reconocer que, para mi sorpresa, luego hilvanó bien los trapos y el traje resultante fue bastante curioso. tan curioso como que todavía no sé por qué me niega el saludo cada vez que coincidimos en algún acto público. Será que teme que le contagie alguna infección cutánea si estrecha mi mano, o que considere que en este mundo nuestro de cada día hay clases y castas, y algunos no estamos a su altura. Allá él. Os aseguro que sus modales y su arrogancia no me quitan el sueño.

Y si hoy incluyo en mi comentario a este señor (y le califico así, porque yo también fui de niño a un colegio de pago, donde me enseñaron buenos modales y me regalaron una excelente educación) es porque el lunes por la mañana me quedé de piedra con un comentario que un empleado de la ORA me susurró al oído, con la precaución que emplearía al hacerlo un confidente con la pasma.

Veréis.

Había acudido yo con mi madre al Hospital Clínico Universitario de Valladolid para que le hicieran un control sanguíneo sin aparente importancia. Y como chico prevenido que la vida me ha acostumbrado a ser, aunque eran las 8 de la mañana, la ORA no empieza a funcionar hasta las 9, y el control de mi madre tenía que ser cosa de minutos, eché unos centimillos a una de las tragaperras del alcalde, para que no cantara el buen señor la especial por culpa de un poco de calderilla. Sin embargo, para mi desgracia, y sobre todo para la de mi madre, las cosas se fueron complicando de tal manera que mi madre fue pasando de consultas a urgencias y de allí a quirófanos como quien sale de casa por la mañana, se toma un café en un bar cercano y entra a trabajar en el taller de la esquina. Yo era el único que la acompañaba, y si bien la primera vez que salí a renovar el ticket de la tragaperras de marras lo hice con cierta tranquilidad, porque a mi madre sólo iban a mirarle por qué le había salido un bulto en el cuello, y porque aún no había transcurrido el tiempo necesario para que tuviera que mover el coche. El segundo cambio ya fue más delicado, primero porque el bulto de mi madre se estaba poniendo más rojo que la tarjeta de expulsión que emplean los árbitros, y segundo porque no quería que el señor alcalde volviera a cantar la especial gracias a mí. Pero con el tercero fue la vencida. Mi madre estaba ya en un antequirófano, estable, pero con la expectativa de que tuvieran que practicarle una traqueotomía. A esas horas ya me importaban un pito mi coche y la grúa municipal y hasta las tragaperras del alcalde y que cantara bingo gracias a mi imprevista e indeseada desgracia maternal. Pero una celadora me tranquilizó lo justo, y me animó diciéndome que mi madre estaba en buenas manos y que me daba tiempo a renovar el impuesto revolucionario al que nos someten a los conductores por ocupar la calle que es de todos. El caso es que estaba yo sacando un nuevo recibo de la tragaperras del demonio cuando coincidí con un hombre al que reconocí por su indumentaria como un empleado de la ORA. Le conté mi apuro, y le dije que no tenía ningún problema en renovar el pago del impuesto revolucionario (por supuesto que no empleé esas palabras para argumentar mi demanda), pero que se hiciera cargo del estado de mi madre, y que no me hiciera mover el coche, ya que no sabía cuánto tardaría en volver a encontrar un hueco, al menos a 200 metros de donde había aparcado el coche.

¿Y qué creéis que, para mi sorpresa, me confesó el hombre al oído con la confidencialidad que emplearía un confite de los maderos? Pues que no sólo no podía hacer la vista gorda ni actuar con humanidad, sino que además sus compañeros y él tenían órdenes tajantes del alcalde de aplicar en esa zona la ley de una forma más estricta que en otras de la ciudad, porque por casos como el mío, y otros similares, era donde las tragaperras del eterno gobernante más recaudaban.

Así que supliqué al Destino para que las palabras de la celadora fuesen ciertas, y para que alguien me hubiera dejado un sitio libre, a más de 200 metros, eso sí, de donde estaba aparcado mi coche, y pensé en el lugar donde tendría metida la solidaridad ese gobernante indesgastable que alguna vez practicó el caritativo oficio de médico.

Y enseguida tuve claro que alojaba los sentimientos a la altura del pecho, pero no en el corazón, sino en el bolsillo interior de la americana, que es donde habitualmente los hombres que gastan traje guardan la cartera.

jueves, 1 de mayo de 2014

PIERDA EL QUE PIERDA, MADRID GANA

Mis temores se han confirmado. Llegó la final soñada, la final deseada, la final temida. Desde anoche, pase lo que pase en esa final, y le pese a quien le pese, el fútbol español es, una vez más, campeón de Europa de clubes, sin que haya tenido que disputarse el partido definitivo. Es más, pierda quien pierda, Madrid gana. Ya ha ganado, de hecho.
Cuando se realizó el sorteo de semifinales me pareció que el Atleti era el que, a priori, más fácil lo tenía de los cuatro para pasar el trago. Mi opinión no varió después de celebrarse el choque de ida en el Calderón, y eso a pesar de que los pupilos de Simeone firmaron tablas frente a los de Mourinho. Me basaba entonces en un argumento, al que añadí otro el martes, cuando el Real Madrid arrolló al Bayern en su fortaleza bávara. Mi primer argumento consistía en que, tras la infortunada lesión de Cesh, el equipo del Manzanares iba a jugar la vuelta con portero y el Chelsea sin él. A ese argumento incorporé otro el martes por la noche, que me podrá rebatir y discutir quien quiera, pero que es mío, y por eso lo expongo. Y mi teoría añadida consistía en que el técnico luso del equipo londinense había puesto en un plato de la balanza el miedo a perder la final contra el Madrid, y en el otro la ilusión de ganar al equipo merengue ese partido. Y una vez sopesados, podía más el temor a palmar que la ilusión de ganar de ese bravucón de mentirijillas.
Así que la suerte estaba echada antes de que el partido se jugara. Al margen de que, hoy por hoy, el Atlético de Madrid es un señor equipo, una orquesta afinada que no desentona casi nunca.
Y ahora viene lo peor.
Porque uno de los dos equipos madrileños tendrá que perder esa final. Y, al contrario que Mourinho, los dos equipos madrileños están locos por jugarla y por ganarla. Y van a darlo todo para conseguirlo, aunque al final sólo uno podrá levantar la tan deseada orejona.
Ni oír quieren colchoneros y blancos de repartos de títulos. Eso de la liga para unos y la champions para los otros. Ambos quieren ganar los dos trofeos. El Madrid, porque sobrevive gracias a una sed inagotable de triunfos, y no se cansa nunca de beber en las fuentes del éxito; por eso, querrá cerrar la temporada con un triplete histórico y que, matemáticamente, está aún a su alcance. Y el Atlético porque lleva impreso el ADN de su técnico, un ganador nato que no dará un título ni un balón por perdidos hasta que sus jugadores no exhalen el último suspiro ni los árbitros piten el final de cada encuentro.
Puestos a comparar las individualidades del Real Madrid, al que le faltará el equilibrio en la medular de un Xabi Alonso casi imprescindible, y el bloque compacto, como de hormigón armado, del equipo colchonero, resulta difícil apostar por un favorito claro.
Sin embargo, yo tengo una teoría más. La liga la va a ganar el conjunto rojiblanco. Así equilibrarán los dos clubes capitalinos los títulos conseguidos esta temporada, antes de llegar a la final europea. Y esa final va a ser una moneda tirada al aire en la que sí tengo claro cual es el equipo que más tiene que ganar; que, en mi opinión, y en justa reciprocidad, también es el que más tiene que perder. Y ese es el Atlético de Madrid.
Ya sé que muchos discreparán, y harán bien. Si todos pensaran como yo sería muy aburrido. Pero por mucho que el Madrid ansíe "la décima", ya tiene nueve copas en su palmarés, y el Atlético ninguna. Y si en esta ocasión los colchoneros vuelven a morder la hierba, como les pasó hace cuarenta años, quién sabe cuándo podrán volver a disputar otra final del máximo rango continental, si es que vuelven a tener la ocasión para disputarla; mientras que los chicos de Florentino, más pronto que tarde, volverán a estar en la pomada; simplemente porque la estructura y el potencial de su club es inmensamente más poderoso que el de sus contrincantes de la ribera del Manzanares.
En unos días veremos si David puede con Goliath, o si Carlo se zampa al Cholo.
En cualquier caso, y pase lo que pase, ganará Madrid y ganará el fútbol.

miércoles, 30 de abril de 2014

ANOCHE, EN LA TELEVISIÖN, CASI HAGO PLENO DE ACIERTOS EN MIS APUESTAS

No soy un ávido consumidor de tele. Sólo estoy enganchado  a "El príncipe" -no sé si por el embrujo de los ojos moros de la protagonista o por el toque dramático de un Coronado al que todos decepcionan, y que ha ido ganando categoría con los años-, y a "Máster Chef", aunque ese programa me gustaría más si en lugar de ser un reality con trasfondo culinario, fuera realmente un concurso de cocina, y los participantes en lugar de ser djs, arquitectos, publicistas o nigromantes altos y guapos y jóvenes, fueran personas normales que supieran cocinar. Y a ese par de vicios, más o menos confesables, debo añadir el de los buenos partidos de fútbol, que aunque abunda el peloteo, luego no son tantos los partidos verdaderamente interesantes que merece la pena ver.
Pero anoche coincidieron dos acontecimientos televisivos de mi apetencia (aunque, para ser riguroso, uno fue detrás del otro). En la 1 el partido de fútbol de las semifinales de la Champion entre el Bayern y el Real Madrid, y en Tele5 el penúltimo -supongo- capítulo de "El príncipe". Y casi hago pleno en un par de apuestas que surgieron alrededor de ambos eventos.
Desde que hace dos años, precisamente coincidiendo con la ida de un Bayern-Real Madrid de semis de Champion en Munich, estuve más para allá que para acá, digamos que "veo cosas"; y así, desde entonces he acertado algunos resultados deportivos inexplicables, he vaticinado algunas muertes imprevistas (por desgracia) y he atinado más en ciertas premoniciones que esos adivinos chapuceros que habitan los programas televisivos de madrugada, sólo aptos para noctámbulos insomnes y al borde de la desesperación. Y ayer me volvió a pasar. A la hora de la comida "vi" una pantalla de televisión con un 0-3 a favor del Real Madrid en el infierno bávaro. Lo malo es que esa visión, por la que más de uno me tachó por la tarde de loco, debió de producirse antes de que a Cristiano Ronaldo le diera por marcarse una frivolidad y engañar en el lanzamiento de una falta directa al borde del área incluso al realizador de la televisión. Es lo que tienen los genios, que a veces disfrutan chafando las predicciones de los pobres mortales como un servidor.
Sin embargo, en el caso de la serie de Tele5 acerté de lleno. Aunque en ese caso no fue cosa de mi presunta virtud visionaria, sino de mi oficio de narrador, que imagina argumentos y guiones. Me explico. Llevo desde el principio de la serie diciendo que el candidato a marido legítimo de la amante del poli, que se pasa la serie luciendo una arboladura de solemnidad, huele a malo que apesta. Más que un cargamento de fruta que se corrompe en un contenedor expuesto durante semanas al sol de verano. Algún amigo que sigue la serie me decía hasta anoche que esa deducción era fruto de mi imaginación delirante. Con la cara de pretendiente ideal que tiene el como se llame ese, que en la serie va de buen chico que nunca ha raspado siquiera el grabado de un plato.
¿Pero tan difícil es de entender que el poli Morey necesita un antagonista de verdad, y que ese no puede ser Faruk, el hermano de Fátima, que sólo vela por lo que le interesa?
Además, para que la bella mora no falte a sus promesas familiares, y al final todos sean felices y coman perdices (no como en "Juego de tronos", que veía cuando podía pagar la hipoteca de una casa propia y la cuota mensual del Canal Plus), hay que pillar en un renuncio al novio irreprochable. Es de manual. Incluso ese final se le habría ocurrido al guionista del culebrón sudamericano menos pretencioso.
Anoche por fin se le vio el plumero al barbitas. Lo suyo es que los guionistas realmente nos sorprendieran y se inventaran otro final. Yo que sé, o un barrio que explota por los aires. O que en realidad la morita de los ojos brujos sea la mala de la peli, con lo buena que está, y se haya estado cepillando toda la temporada al tolilas del espía del CNI para enterarse de todo y pasarle la información al sufrido y resignado novio, y al hermano pequeño que amaga desde el principio con convertirse en un mártir de una causa que está más que clara desde el principio.
En fin, el martes saldremos de dudas. Pero sólo a ese respecto. Porque el Madrid tendrá que esperar un poco más para conseguir la "décima". Si es que, por fin, la consigue este año.

martes, 29 de abril de 2014

ENTREGA PREMIOS VII CERTAMEN LITERARIO "CUÉNTAME PORTILLO"

(de izquierda a derecha) José Ignacio García (coordinador del certamen), José Antonio Palomares (ganador),
Pedro Alonso Martín (alcalde de Portillo), y Luis Marigómez (escritor y mantenedor del acto) 

El pásado sábado día 26, tuvo lugar la entrega de premios del VII CERTAMEN NACIONAL DE RELATO CUÉNTAME PORTILLO, en una gala que contó con la actuación del cuarteto de cuerda DOLCI CORDE, y en la que ofició como mantenedor el poeta, escritor, crítico y traductor Luis Marigómez, que desplegó una interesante teoría comparativa de los temas fundamentales de la literatura, desde la antiguedad hasta nuestros días, utilizando como ejemplos "La odisea" de Homero, "Don Quijote de la Mancha" de Cervantes, "El camino" de Delibes, y el relato "Laura o Silvia o Eva", con el que el escritor madrileño José Antonio Palomares se hizo acreedor al galardón del certamen, consistente en una pieza de alfarería del artista local José María Martín Torres y 600 € .



martes, 22 de abril de 2014

JOSÉ ANTONIO PALOMARES GANA EL VII CERTAMEN NACIONAL DE RELATOS “CUÉNTAME PORTILLO”.

Un jurado -presidido por el poeta, crítico literario y expresidente del gremio de libreros de Valladolid, Enrique Señorans; y formado por el abogado Enrique Nieto, el catedrático de Literatura José Luis Salvador, el guionista y productor audiovisual y cinematográfico Zeus Pérez Villán, por el escritor José Ignacio García, premio Miguel Delibes de Narrativa 2009, y por el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Portillo, Carlos Goméz Iglesias, que además actuó como secretario- decidió, entre los 378 relatos recibidos de España y Sudamérica, conceder por mayoría el premio al relato “Silvia o Laura o Eva”. Una vez abierta la correspondiente plica, resultó ser su autor el escritor José Antonio Palomares (Madrid, 1974). Palomares –que está casado con la exitosa escritora Rebeca Rus, y es director creativo de una afamada agencia de publicidad, con la que ha conseguido un León de Oro en Cannes y varios Soles de Oro en San Sebastián- ha obtenido diversos premios literarios, como el “Ciudad de Algeciras” o el “Castillo de Puche” de novela corta; el “Café Bretón” o el “Gerard Brenan” de Narrativa, y ha publicado las novelas cortas “El alma del pupitre de al lado”, “El cornezuelo de cola azul” y “Las cifras mandan, Balboa”- Además, en 2006 obtuvo el Premio de Narrativa Joven de la Fundación Complutense con su novela “Me llaman Fuco Lois”. El relato de Palomares, ambientado en una estación de metro y escrito en segunda persona es trepidante, va ganando intensidad conforme avanza la trama y culmina con un desenlace inesperado y sorprendente que, tras arduas deliberaciones, se ganó la voluntad de la mayor parte de los miembros del jurado. El acto de entrega del premio, dotado con 600 € y trofeo conmemorativo, tendrá lugar el próximo sábado 26 de abril, a las 20,00 h. en el teatro Álvaro de Luna de Portillo, en una ceremonia que contará con la participación del cuarteto de cuerda “Dolci Corde” y en la que ejercerá como mantenedor el escritor Luis Marigómez.

viernes, 4 de abril de 2014

REFLEXIONES DE CINE

De alguna manera, con el cine me pasa como con la literatura. Soy poco propenso -salvo los títulos fundamentales, y porque no me queda otro remedio- a leer literatura escrita en cualquier idioma que no sea el castellano, porque tengo la sensación de que siempre estaré leyendo al traductor, en lugar de disfrutar al creador de la obra en su lenguaje original. En el caso del cine la cuestión es aún más compleja, ya que al tema de la traducción de los textos -baste el ejemplo de los títulos: lo que en EEUU aparece con el nombre de PLUM, en España se titula EL DÏA LLUVIOSO EN QUE A MARY O¨SULLIVAN LE APETECIÖ TOMARSE UN CHOCOLATE CALENTITO; Y NO PUDO HACERLO PORQUE LE DOLÏA UN PADRASTRO EN EL DEDO GORDO DEL PIE DERECHO- se une el doblaje de las voces originales. Y menos mal que en este país, algo bueno tenemos que tener, podemos presumir de unos actores de doblaje extraordinarios, que en muchas ocasiones contribuyen a mejorar bastante la calidad de la cinta.

Por esa razón, suelo acudir al cine con frecuencia para ver todas las películas made in Spain que puedo, aunque al cabo de dos horas salga de la sala con cara de acelga anémica de clorofila, por muy buenas referencias mediáticas, críticas o publicitarias, que la peli consumida atesorara previamente.

En el lugar donde vivo había una discoteca mastodóntica, que lanzaba rayos láser cuando La guerra de las galaxias no había tomado la primera comunión. Cuando a la gente se le quitaron las ganas de bailar, la disco cerró sus puertas y se reconvirtió en unos multicine, donde se puede ver lo que se puede ver. Tal vez por esa razón me cogiera de sorpresa que una de las principales candidatas a los goya de este año fuera una película de David Trueba de la que no había oído ninguna referencia. Vivir es fácil con los ojos cerrados se convirtió desde entonces, y aunque sólo fuera por el hecho de haber recibido tantas nominaciones, en un oscuro objeto de deseo, que no encontraba anunciada en ninguna cartelera.

Estaba seguro de que no sería un buen sucedáneo, pero aprovechando la campaña de cine barato que han ofertado algunos cines durante unos días, entretuve el mono cinéfilo viendo el bombazo de la temporada, la peliícula española más taquillera de la historia, etc, etc, etc. Ocho apellidos vascos me pareció una payasada en toda regla. Clara Lago tiene de vasca lo que yo de noruego, Karra Elejalde hace un personaje sobreactuado, Carmen Machi me sigue recordando a Aída, y el prota que hace de sevillano disfrazado de líder de la insurrección vasca -y de cuyo nombre no logro acordarme- es un poco patético. El argumento no puede ser más manido y socorrido: chico conoce chica por casualidad, se cuelga de ella y la persigue; el azar les hace fingir lo que no son, y al final los dos terminan siendo lo que estaba cantado a gritos que iban a ser. Vamos, una comedia de amor con un final feliz en coche de caballos por las calles de Sevilla, con Los del Río amenizando la excursión. Y los chistes, y las confusiones en el uso del euskera no pueden ser más facilones. Pero, qué quieren que les diga, no paré de reírme desde la primera escena hasta que al final aparecieron los títulos de crédito. Y para lo que habitualmente se encuentra uno por ahí, la película me bastó para hacer un paréntesis en mi atribulada existencia, y para tener que ejercitar la mandíbula hasta que volví a encajarla en su sitio, tan dislocada como estaba de darle tanto a la carcajada repentina con una parodia divertida, que se deja ver, que caricaturiza sin burlarse de nadie el independentismo vasco, y que no se acuerda ni de la crisis ni del paro ni de la biblia en verso.

Aunque sólo sea por eso, y porque ha conseguido que la gente vaya al cine y llene las salas, ole por Ocho apellidos vascos. Pero, al hilo de llenar las salas, me pregunto si viendo cómo se han puesto los cines cobrando las entradas a menos de tres euros, no sería mejor dejar ese precio para una buena temporada, y que las salas se llenaran en lugar de que habitualmente, al menos en la discoteca reconvertida a la que yo suelo acudir, vayamos siempre los mismos, que podemos jugar a las cuatro esquinitas. Si el gobierno aplicara un IVA razonable, y los empresarios de cine calcularan el plus añadido que iban a conseguir en chuches, palomitas y cocacolas igual les salia rentable la rebaja, contribuirían a crear empleo recuperando la figura de los acomodadores, y evitarían que cundiera el desánimo que uno siente cuando, por ejemplo, se encuentra a cuatro personas contadas viendo Amor de Haneke. Tal vez, con otra política impositiva y comercial, aumentaría nuestra cultura cinéfila y la necesidad de frecuentar las salas para disfrutar de actores tan fantásticos como Jean Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, en la película que acabo de citar.

Pero, a lo que iba, antier, mientras desayunaba mi café descafeinado de cafetera con leche, sacarina y tostadas, y me leía El Norte de Castilla, vi anunciada en un cine de Valladolid la película de Trueba. Claro, no era cosa de desaprovechar la ocasión, no fueran a cambiar hoy la cartelera, y me fui a verla con mi novia. Valladolid nos recibió con un aguacero iracundo y con el arco iris más bonito que he contemplado nunca (claro que la compañía, y lo idílico de la escena, también ayudaban lo suyo) como pórtico a la proyección del film. Ese arco iris espléndido tenía que ser forzosamente el preámbulo de una velada mágica. Y así fue. Vivir es fácil con los ojos cerrados me pareció fascinante. Retrata con cariño una época de los difíciles sesenta, con sus luces y sus sombras, con sus convencionalismos, sus tradiciones y la esperanza puesta en una juventud capaz de derribar muros y barreras en un futuro no demasiado lejano. Además, la cinta está llena de literatura, de filosofía, de encanto... Javier Cámara va a terminar convenciéndome de que aunque siempre haga el mismo papel, siempre lo hace bien, y el papel de la prota, Natalia de Molina, a la que me empeñé desde el principio en confundir con Marta Etura (pero seguro que no seré al único al que le ha pasado), me cautivó desde que aparece recluida en un patio lóbrego y sin expectativas.

Hay veces en que los premios fallan y hacen justicia. Vivir es fácil con los ojos cerrados puede ser un buen ejemplo. En cualquier caso, me quedo con una sentencia adaptada que Cámara espeta a bocajarro en la película: el cine, como la literatura (traducida u original), nos puede salvar la vida.

O, al menos, hacernos pensar para rescatarnos de la apatía y del aburrimiento.