lunes, 18 de junio de 2012

LA TIENDA DE LOPE, UN SANTUARIO LEGENDARIO

He conocido un librero al que le gustan los libros. Al leer semejante confidencia, tal vez alguien piense que la tromboembolia definitivamente me ha afectado al cerebro. Ni por asomo. Lo que parece una obviedad no es más que una dolorosa afirmación de la que estoy plenamente convencido. Muchos conocéis mi proverbial habilidad para hablar mucho, y muchas veces más de la cuenta; y mi magisterio a la hora de decir lo que pienso sin pensar lo que digo... Y así me ha lucido tantas veces el pelo. Y así me voy a meter otra vez en un charco, en este caso con el gremio de libreros del orbe reconocido. Aunque seguro que los libreros de casta y de corazón, que también -afortunadamente- quedan algunos, estarán de acuerdo conmigo, y no se enfadarán, porque seguro que a ellos no les gustan los intrusos, ni las grandes superficies, ni los mercachifles que venden libros, como podían vender pipas, coliflores, o vehículos de gran cilindrada. Ni les gusta que los amontonen en el mismo saco.
No sé si os he contado alguna vez que mi biblioteca y sus inquilinos son sagrados, como miembros de mi familia con los que convivo a diario, que me procuran consejos, entretenimiento y buena compañía. Y así como cualquier hijo de vecino no presta su cama a otro, así como así, ni encomienda  sus vástagos al primer desconocido que se ponga a tiro de piedra, yo tampoco dejo solo en mi biblioteca a nadie, ni cedo mis libros a cualquiera que no sea de mi total confianza. Porque por la atmósfera de mi biblioteca revolotean, como mariposas, energías positivas que sólo yo, aunque parezca un tanto egoísta, soy capaz de asimilar; y me da pánico que alguien se deje abiertas una puerta o una ventana por las que se puedan escapar, o lo que es aún peor, que me las levante sin ningún pudor y me condene a una horfandad creativa de la que no pueda recuperarme jamás. Y mis libros, como buenos parientes que han compartido conmigo tantos momentos memorables, tampoco se merecen que yo sea un irresponsable que los arroje a las fauces de cualquier desaprensivo que ni los valore ni los respete. Sólo se los confío, o sería capaz de hacerlo, a esas personas que sé que los van a querer y los van a cuidar tanto, al menos, como los quiero y los cuido yo.
Mis libros han emparentado conmigo de muchas, y a veces extrañas, maneras. Pero creo que los que más aprecio son aquellos que me susurraron algo al oído en una librería humilde, en el puesto inestable de una feria... aquellos que no conseguí despegar de mi mano al conocerlos, porque habían fundido la suya en un apretón que rubricaba un contrato perpetuo de amistad. Muchos de ellos son modestos de vestiduras, o son hijos legítimos de autores casi desconocidos. Pero juntos hemos pasado muy buenos ratos.
El viernes entré en Olmedo en una librería pequeña, de esas que tienen que hacer fotocopias y vender tippex y bolígrafos para sobrevivir. Pero la sonrisa con que me recibieron sus libros y su dueño me cautivaron al instante. Fue como un flechazo literario difícil de esquivar. Y seguramente inolvidable. Mientras el librero se hartaba de hacer fotocopias y de hablar de teatro con unas y con otros, me perdí entre los estantes, acaricié respetuosamente y sin ningún afán lascivo muchos de aquellos libros, y me dejé conquistar por una antología poética de Antonio Machado, que se había camuflado o escondido entre una colección de bestsellers de dudosa paternidad o traducción. Tomé el libro entre mis manos, y lo calenté con el cariño con el que un niño pequeño trataría a un pajarillo que se ha caído de su nido. Reparé las esquinas dobladas de sus pastas de cartón, alisé con cuidado algunas de sus páginas, amarilleadas por la edad, y encontré al margen de algunos poemas una caligrafía manual, adolescente y presuntamente femenina por los rasgos, y por los circulitos que coronaban las ies, que aportaba algunos comentarios sobre los versos del maestro. Eso me fascinó. El encanto de lo desconocido. El saber que alguien, a quien probablemente no conoceré nunca, había emparentado con ese libro antes que yo. Me imaginé infructuosamente su edad y su aspecto. Me pregunté si le habrían gustado los poemas, si habría sentido el estremecimiento que recorría mi cuerpo al leerlos de nuevo, al evocarlos, al disfrutarlos en otro ambiente, de una manera distinta. Finalmente pensé que si el libro le hubiera emocionado, y no fuera más que un trabajo impuesto por el profesor de turno, no estaría allí, desterrado de un hogar, de una habitación adolescente condecorada de posters y fotografías de cantantes famosos, de la estantería de una muchacha que no tuvo la suerte de tener unos maestros que la enseñaran a amar la literatura como los míos me enseñaron a mí.
El librero, dejó de hacer fotocopias y de vender bolígrafos y me rescató de mi viaje por las aguas apacibles de esos mares en los que se habían embarcado mis pensamientos. Me regaló esa joya indefensa y vulnerable que ya había decidido adoptar, y hablamos de libros y de escritores, de nuestras vidas y de nuestras aficiones, y de ese puro teatro que es la existencia humana, en la que casi nada es lo que parece, y en la que la ficción no se diferencia mucho de una realidad que con frecuencia se vuelve fantástica.
El próximo sábado día 23, a eso del mediodía, Javier, que así se llama el librero al que le gustan los libros, ha convocado a sus clientes y amigos en ese recoleto santuario que algo tiene ya de mágico para mí. Lo ha hecho para hablar de literatura y presentar el libro honesto y sudado de otro escritor que empieza a sembrar los surcos de su carrera literaria de recuerdos y sentimientos, que a uno le acercan a sus raíces y a sus ancestros.
Presentaremos "La república independiente de San Nadie" de José Carlos Iglesias Dorado; y hablaremos con ellos, y con Ricardo Sanz Molpeceres, de literatura, y de premios literarios, y leeremos nuestros cuentos... y lo que se tercie después.
Si os apetece, estais invitados a disfrutar de Olmedo y de sus reverdecidos encantos, y a participar de esta fiesta de las letras en un rinconcito legendario.

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