jueves, 5 de junio de 2014

LAS TRAGAPERRAS DEL ALCALDE

Os voy a contar una anécdota de la que fui testigo hace tiempo, y que habla por sí sola de la peculiar personalidad del primer edil del ayuntamiento de Valladolid.

Unos amigos me habían invitado a su boda civil, y habían solicitado que los casara un concejal de la oposición, porque sus ideas no comulgaban con las de la primera autoridad de la ciudad. Sin embargo, el alcalde, haciendo gala de su famosa y altanera personalidad, no sólo no autorizó tal circunstancia, sino que mis amigos y todos los invitados tuvimos que tragarnos su ceremonia y sus palabras, sobre todo cuando saltó tan pancho que FJLdlR no era más importante que otro concejal, pero que el alcalde sí, y que mientras que él estaba en la casa consistorial era el único que se encargaba de oficiar casamientos.

He de reconocer que, para mi sorpresa, luego hilvanó bien los trapos y el traje resultante fue bastante curioso. tan curioso como que todavía no sé por qué me niega el saludo cada vez que coincidimos en algún acto público. Será que teme que le contagie alguna infección cutánea si estrecha mi mano, o que considere que en este mundo nuestro de cada día hay clases y castas, y algunos no estamos a su altura. Allá él. Os aseguro que sus modales y su arrogancia no me quitan el sueño.

Y si hoy incluyo en mi comentario a este señor (y le califico así, porque yo también fui de niño a un colegio de pago, donde me enseñaron buenos modales y me regalaron una excelente educación) es porque el lunes por la mañana me quedé de piedra con un comentario que un empleado de la ORA me susurró al oído, con la precaución que emplearía al hacerlo un confidente con la pasma.

Veréis.

Había acudido yo con mi madre al Hospital Clínico Universitario de Valladolid para que le hicieran un control sanguíneo sin aparente importancia. Y como chico prevenido que la vida me ha acostumbrado a ser, aunque eran las 8 de la mañana, la ORA no empieza a funcionar hasta las 9, y el control de mi madre tenía que ser cosa de minutos, eché unos centimillos a una de las tragaperras del alcalde, para que no cantara el buen señor la especial por culpa de un poco de calderilla. Sin embargo, para mi desgracia, y sobre todo para la de mi madre, las cosas se fueron complicando de tal manera que mi madre fue pasando de consultas a urgencias y de allí a quirófanos como quien sale de casa por la mañana, se toma un café en un bar cercano y entra a trabajar en el taller de la esquina. Yo era el único que la acompañaba, y si bien la primera vez que salí a renovar el ticket de la tragaperras de marras lo hice con cierta tranquilidad, porque a mi madre sólo iban a mirarle por qué le había salido un bulto en el cuello, y porque aún no había transcurrido el tiempo necesario para que tuviera que mover el coche. El segundo cambio ya fue más delicado, primero porque el bulto de mi madre se estaba poniendo más rojo que la tarjeta de expulsión que emplean los árbitros, y segundo porque no quería que el señor alcalde volviera a cantar la especial gracias a mí. Pero con el tercero fue la vencida. Mi madre estaba ya en un antequirófano, estable, pero con la expectativa de que tuvieran que practicarle una traqueotomía. A esas horas ya me importaban un pito mi coche y la grúa municipal y hasta las tragaperras del alcalde y que cantara bingo gracias a mi imprevista e indeseada desgracia maternal. Pero una celadora me tranquilizó lo justo, y me animó diciéndome que mi madre estaba en buenas manos y que me daba tiempo a renovar el impuesto revolucionario al que nos someten a los conductores por ocupar la calle que es de todos. El caso es que estaba yo sacando un nuevo recibo de la tragaperras del demonio cuando coincidí con un hombre al que reconocí por su indumentaria como un empleado de la ORA. Le conté mi apuro, y le dije que no tenía ningún problema en renovar el pago del impuesto revolucionario (por supuesto que no empleé esas palabras para argumentar mi demanda), pero que se hiciera cargo del estado de mi madre, y que no me hiciera mover el coche, ya que no sabía cuánto tardaría en volver a encontrar un hueco, al menos a 200 metros de donde había aparcado el coche.

¿Y qué creéis que, para mi sorpresa, me confesó el hombre al oído con la confidencialidad que emplearía un confite de los maderos? Pues que no sólo no podía hacer la vista gorda ni actuar con humanidad, sino que además sus compañeros y él tenían órdenes tajantes del alcalde de aplicar en esa zona la ley de una forma más estricta que en otras de la ciudad, porque por casos como el mío, y otros similares, era donde las tragaperras del eterno gobernante más recaudaban.

Así que supliqué al Destino para que las palabras de la celadora fuesen ciertas, y para que alguien me hubiera dejado un sitio libre, a más de 200 metros, eso sí, de donde estaba aparcado mi coche, y pensé en el lugar donde tendría metida la solidaridad ese gobernante indesgastable que alguna vez practicó el caritativo oficio de médico.

Y enseguida tuve claro que alojaba los sentimientos a la altura del pecho, pero no en el corazón, sino en el bolsillo interior de la americana, que es donde habitualmente los hombres que gastan traje guardan la cartera.

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