lunes, 31 de marzo de 2014

CONFERENCIA DE CLAUSURA I TALLER ESCRITURA CREATIVA EN LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE VALLADOLID, CON TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO, TODO UN LUJO






El pasado viernes 28 contamos con la presencia de Tomás Sánchez Santiago como conferenciante, para clausurar el primer Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid. Adjunto el prólogo que sirvió de presentación a su conferencia; que contó además con el lujoso acontecimiento de la compañía de José Manuel de la Huerga, que protagonizó hace algunas jornadas con los miembros del Taller una aproximación a su vida y a su obra, y que participó activamente en el coloquio posterior a la conferencia, para disfrute de los asistentes.






Recuerdo perfectamente la cafetería, situada en una esquina de la avenida alcalde Miguel Castaño de León. Fuera, el sol se batía en retirada, hostigado por las primeras sombras del atardecer.   Consumía el calendario el verano de 1998. Había quedado con él para que me diera su opinión sobre los relatos del que poco después se convertiría en mi primer libro, que habría de titularse Me cuesta tanto decir te quiero.

Tal vez aquella tarde, cuando aún prevalecía en mí la osadía orgullosa e improcedente de un principiante ilusionado que todavía no había aprendido a admirarle como se merece; cuando su generosa personalidad aún no me había conquistado por completo…, en aquella céntrica cafetería leonesa, acompañados no sé si por unos cafés, por unos vinos o por unas cervezas, debería haberle hecho más caso, y no tomarme la literatura, o la creación literaria más concretamente, como un tren oportunista y cargado de urgencias que iba a detenerse una sola vez en la estación de mi porvenir.

En cualquier caso, se mostró comprensivo e indulgente, a pesar de las manifiestas carencias que proclamaban muchos de los relatos de aquel libro iniciático, y aceptó participar en su presentación, en el viejo edificio de la plaza de Las Palomas que había acogido durante años a la corporación de la capital legionense, vaticinándome incluso, que nunca podría saberse dónde llegarían mi vida literaria y mis libros, si es que venía algún otro detrás.

Tomás Sánchez Santiago ha sido desde entonces un referente inexcusable en mi vida y en mi obra, una luz que seguir en los momentos en que la duda lo volvía todo oscuro, un consuelo en forma de palabras afectuosas y balsámicas cuando mi afán creativo, mi moral o mi salud sufrían la anemia de la desesperación, el resquebrajamiento o la incertidumbre. Desde entonces, como digo, Tomás me ha regalado más de una vez sus sabios consejos y sus ánimos en la distancia, me ha enseñado a amar más, si cabe, la Literatura, me ha desvelado a autores y obras que se han convertido en un ejemplo para mí, y ha acudido a mi reclamo siempre que lo he solicitado, participando en jurados, empujando el proyecto Contamos la Navidad, prologando la última de sus ediciones, y recomendándome a otros escritores y pintores que han contribuido al fortalecimiento de una aventura cultural que inexplicablemente, y sin otro criterio claro que el de fomentar la lectura, no deja de crecer año tras año. Pero además de transmitirme su cariño personal, su erudición y su amor por la Literatura, este poeta zamorano afincado en León, y con frecuencia metido a narrador o columnista brillante y agudo, me ha deprimido cada vez que he leído sus poemas, o sus libros y sus artículos en prosa, porque tengo la absoluta certeza de que nunca, ni remotamente, seré capaz de acariciar su talento, ni la delicadeza aterciopelada con que sus versos o sus metáforas entretejen telas de araña, que arrulladas por su voz tranquilizadora parecen tapetes abolillados con el más sutil de los encajes.

Nunca olvidaré la tarde en que Tomás presentó el libro de otro buen poeta y amigo, como es Máximo Cayón, en una campa de un pueblo perdido de la montaña leonesa. El intrépido Gregorio Fernández Castañón iniciaba con ese volumen de poemas (y lo presentaba en su pueblo natal, Otero de Curueño), una colección que crece como un roble saludable con el nombre de Los libros de Camparredonda. Pese a ser verano, hacía mucho frío; y la gente que abarrotaba la campa se apretaba entre sí y se cubría con mantas, incapaz de huir, pegada a la hierba, hechizada por el poder fascinador que destilaba su cálido parlamento. Creo que nunca como aquella tarde me sentí literariamente más feliz, escuchando a alguien proclamar el valor de la palabra convertida en poesía. He leído muchas veces aquella presentación, reproducida en las páginas de la revista Camparredonda, pero siempre me faltaba la voz personalísima de Tomás, esa voz humilde y sencilla que hipnotiza, empapa y enamora, que pregona a un hombre minucioso que convierte lo cotidiano que le rodea en manifestación poética o novelada, y que, como un mesías de nuestras letras, es capaz de dotar de vida a personajes o espacios inanimados.

Incluso, hablando de novelas, gracias a él, y a Gregorio, por supuesto, tuve la oportunidad de continuar la colección iniciada por el poemario de Maxi con la novela Mi vida, a tu nombre, que me devolvió casi por capricho del azar la convicción de que en mi interior vive un escritor que, de vez en cuando, tiene que explotar y compartir sus sueños y sus zozobras con el mundo que le rodea. Tomás tenía que haber publicado ese año Los pormenores en Camparredonda, pero le pidió a Goyo unos meses más de plazo, y gracias a esa demora, unos folios polvorientos, que se amontonaban en la biblioteca de mi añorada casa de Portillo, fraguaron en una novela breve que era un canto al amor y a la fidelidad, y que sirvió para demostrar que lo que escribo no siempre se convierte en realidad, o al menos no lo hace hasta que encuentra los protagonistas que encajan a la perfección en su papel. En cualquier caso, Tomás tomó el relevo al año siguiente con un libro que alguien dijo que era difícil de clasificar, cuando hacerlo era facilísimo: se trataba, simplemente, de un libro majestuoso, como lo son sus poemarios La secreta labor de cinco inviernos, En familia, El que desordena, o la antología Cómo parar setenta pájaros ... Su recopilación de artículos periodísticos Salvo error u omisión, o los más recientes, que podemos leer en el suplemento cultural La sombra del ciprés de El Norte de Castilla; o su obra en prosa, con libros como Para qué sirven los charcos o la mítica Calle Feria, seguramente la novela más importante que se ha escrito en Castilla y León en los albores del siglo XXI, y que en su momento fue condecorada con el premio de novela Ciudad de Salamanca.

Y es que el sabio poeta, el humilde profesor, la gran persona, el genio que pisa despacio y crea sin hacer ruido, el mago que es capaz de convertir en héroes literarios a personajes aparentemente anodinos con los que cualquiera puede coincidir a diario por la calle, es poco proclive a las loas y a los premios. Su universo personal y creativo prefiere deambular por unos territorios que pisa y domina, aunque no siempre sean reales, o no lo parezcan cuando los adorna con su capacidad creativa o los embadurna con una pátina impregnada de imaginación desbordada que deslumbra al lector. El hombre modesto, el escritor prodigioso, podría pasarse horas disertando infatigablemente, con su verbo calmo y profundo, sobre todos los escritores que conoce, urdiendo un anecdotario inacabable y más rico que Las mil y una noches recitadas por Sherezade, sobre su relación con Claudio Rodríguez, sobre sus encuentros, estudios y colaboraciones con Antonio Gamoneda o con tantos y tantos otros.

Mientras escribía estas cuartillas de presentación, me imaginaba el rubor que teñiría sus mejillas al escuchar mis palabras, que no le hacen suficiente justicia. Aunque seguro que él protestará, y hasta las calificará de inmerecidas o innecesarias. Pero insisto en que mis palabras huyen del elogio fácil, y levantan un edificio enladrillado de sinceridad, de afecto y de agradecimiento. Un agradecimiento infinito por poder contar con su presencia, para que la elegancia incomparable de su talento creativo y de su portentosa erudición otorgue el mágico broche que merece la clausura del primer Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid. Y es que tener a Tomás Sánchez Santiago en cuerpo y espíritu es un lujo que no está al alcance de todos, y que no siempre se puede disfrutar.


Por eso, y para terminar, voy a desobedecerle una vez más, como cuando no le hice caso en aquella cafetería de León y autopubliqué mis primeros relatos. Entonces, como ahora hago, no dejé de darle las gracias por sus consejos y su apoyo, aunque me recomendara una y otra vez que no lo hiciera, porque un escritor nunca debe darle las gracias a otro; pero hoy no puedo dejar de hacerlo por regalarme el honor de presentarle, y por compartir con todos los presentes, con los alumnos del Taller y con los demás, este encuentro con su vida, con sus libros y con el oficio de escribir. Seguro que para todos los presentes, como en su momento me sucedió a mí, habrá un antes y un después de conocer al poeta y a la persona, si es que ambas cualidades en su caso son capaces de disociarse. Gracias Tomás. Gracias Maestro. Gracias por el lujo que supone para nosotros que nos regales esta tarde tu presencia y tus sabias enseñanzas; y siempre, claro está, tu obra, nunca suficientemente reconocida y proclamada. 

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